Estaba totalmente oscuro cuando, Victoria y Martín, se dirigieron esa mañana al corral. Mientras caminaban, la atmósfera helada convertía sus exhalaciones en bocanadas de vapor blanco y, cada uno de sus pasos, eran acompañados por el crujir del suelo escarchado. Cuando llegaron al lugar, la mirada de Martín se transformó. Un brillo especial inundó de inmediato sus azules ojos. Tuvo que contenerse para no exclamar de gozo. Debía continuar manteniendo su papel frente a Victoria. Tarea nada sencilla dado que, como una postal de ensueño, tenía una magnifica tropilla de un pelo. Entre caballos y yeguas, sumaban unos veinte a treinta animales. Todos de color bronce intenso; con patas, cola y crin negras, tenían aproximadamente un 1,50 mts. de alzada y una estampa inigualable.
Victoria pudo percibir la emoción en su rostro, y ubicándose frente a él para que pudiera leerle los labios, le dijo:
- Son criollos puros, gateados de cabos negros. Hermosos. ¿Verdad?
Él asintió sonriente. Con señas intentó preguntarle donde se encontraban las sillas de montar. No podía evitar el deseo de cabalgar sobre alguno de aquellos tentadores animales. Ella no lograba interpretarlo. Finalmente, Martín, recurrió a un lápiz y una libreta que llevaba siempre consigo para hacerse entender, escribiendo lo que deseaba. Al leer, ella sonrió. Con un gesto, lo invitó que la siguiera. Ingresaron a un galpón, y ya en el interior, lo tomó suavemente de la mano, llevándolo hasta la caballeriza dónde se encontraba el guardiero. Un tordillo oscuro, cuyo nombre era Humo. Su preferido.
Ante la atenta mirada de Martín, tomó el recado que se encontraba en un rincón, y casi en una actitud ceremoniosa, comenzó a ensillar al animal. Colocó la sudadera sobre el lomo, luego el mandil, los bastos, y finalmente la encimera de la cual pendían los estribos. Mientras llevaba a cabo esa tarea, acariciaba a Humo y hablaba con él, explicándole que tendría un nuevo cuidador; que evidentemente desconocía las costumbres criollas, pero que amaba los caballos. Martín la escuchaba, y hubiera deseado no tener que engañarla respecto de su identidad, pero debía cumplir con la misión que le habían asignado. Del éxito de aquella, dependía su futuro. Sería la última.
Con una seña Victoria le solicitó ayuda para ajustar la cincha. Anudó luego el correón y acomodó el cojinillo sobre la encimera, sujetándolo con el pegual. Por último colocó el freno que formaba una sola pieza con las riendas y la cabezada. Con una amplía sonrisa, entregó el animal a Martín listo para ser montado. Quien sin titubear, lo sacó de la caballeriza. Apoyó su pie izquierdo en el estribo, montó sobre él, y avanzó a paso lento hasta el portón; para luego, ya en el exterior, apurar al animal, y emprender una carrera a todo galope bajo la atónita mirada de Victoria.
Victoria pudo percibir la emoción en su rostro, y ubicándose frente a él para que pudiera leerle los labios, le dijo:
- Son criollos puros, gateados de cabos negros. Hermosos. ¿Verdad?
Él asintió sonriente. Con señas intentó preguntarle donde se encontraban las sillas de montar. No podía evitar el deseo de cabalgar sobre alguno de aquellos tentadores animales. Ella no lograba interpretarlo. Finalmente, Martín, recurrió a un lápiz y una libreta que llevaba siempre consigo para hacerse entender, escribiendo lo que deseaba. Al leer, ella sonrió. Con un gesto, lo invitó que la siguiera. Ingresaron a un galpón, y ya en el interior, lo tomó suavemente de la mano, llevándolo hasta la caballeriza dónde se encontraba el guardiero. Un tordillo oscuro, cuyo nombre era Humo. Su preferido.
Ante la atenta mirada de Martín, tomó el recado que se encontraba en un rincón, y casi en una actitud ceremoniosa, comenzó a ensillar al animal. Colocó la sudadera sobre el lomo, luego el mandil, los bastos, y finalmente la encimera de la cual pendían los estribos. Mientras llevaba a cabo esa tarea, acariciaba a Humo y hablaba con él, explicándole que tendría un nuevo cuidador; que evidentemente desconocía las costumbres criollas, pero que amaba los caballos. Martín la escuchaba, y hubiera deseado no tener que engañarla respecto de su identidad, pero debía cumplir con la misión que le habían asignado. Del éxito de aquella, dependía su futuro. Sería la última.
Con una seña Victoria le solicitó ayuda para ajustar la cincha. Anudó luego el correón y acomodó el cojinillo sobre la encimera, sujetándolo con el pegual. Por último colocó el freno que formaba una sola pieza con las riendas y la cabezada. Con una amplía sonrisa, entregó el animal a Martín listo para ser montado. Quien sin titubear, lo sacó de la caballeriza. Apoyó su pie izquierdo en el estribo, montó sobre él, y avanzó a paso lento hasta el portón; para luego, ya en el exterior, apurar al animal, y emprender una carrera a todo galope bajo la atónita mirada de Victoria.
