- Señor Rossi, tiene un llamado por el interno 34.
- ¿Quién es, Cecilia? ¡Te pedí que no me pasaras llamadas hasta terminar con estos informes!
- Es la señora López. Dice que le urge hablar con usted.
- Ok. Decile que me espere unos segundos, ya la atiendo.
Era sumamente raro que Deborah lo interrumpiera. Ella sabía que al día siguiente se cumplía el plazo para presentar la propuesta de la empresa al gobierno, si pretendían participar de la licitación, y ganar la construcción del casino provincial. Realmente debía ser algo muy urgente. Terminó de revisar la documentación, y oprimió el botón del interno 34.
- Deborah, ¿qué sucede?
- Lo siento, Lucas. Necesito que hablemos. Tengo algo importante que decirte.
- Estamos hablando. Decime.
- No por teléfono. ¿Podés venir a mi departamento en cuanto termines?
- Si, en un par de horas, todavía me falta revisar algunos detalles. Pero, y… ¿los chicos? ¿Estas sola?
- Estoy sola. Los chicos se fueron a la casa del padre. Te espero. Un beso.
- Ok. Termino con esto, y voy para allá. Ya sabés como me gusta que me recibas, ¿si?
- No estoy para bromas, Lucas. Lo que tengo que decirte es serio. Otro beso, chau.
- Chau.
Colgó el auricular. El tono que había usado Deborah en la breve conversación, era preocupante. No era habitual en ella. Generalmente sus llamados eran para provocarlo sexualmente, y concluir en un algún encuentro furtivo.
Hacia más de un año que mantenían una relación clandestina, sin compromiso alguno más que disfrutar del placer de sus cuerpos. Decidió no darle más vueltas al asunto, terminaría de controlar las carpetas, y luego iría a verla.
Lucas Donato Rossi era un empresario de la construcción, que siendo muy joven había tenido que ponerse al frente de la compañía fundada por su padre hace más de 50 años. Era un hombre exitoso, podría decirse que lo tenia todo. Un patrimonio más que considerable, el cual le permitía vivir holgadamente, disfrutando de la comodidad y tranquilidad que brinda un buen pasar. Una esposa, con la cual llevaba 20 años de matrimonio, y que adoraba. Sin embargo, la vida le había quitado la posibilidad de tener hijos. Era casi estéril, y a pesar de haber realizado muchísimos tratamientos, jamás obtuvo resultado positivo. Finalmente, después de pasar por miles de pruebas, su esposa y él, terminaron por resignarse.
Después de revisar punto por punto la propuesta, quedando satisfecho y con la seguridad que ganarían sin lugar a dudas la licitación; se quitó los antejos mientras se ponía de pie, para luego alzar sus brazos y estirar su cuerpo buscando relajar la tensión de sus músculos. Antes de salir marcó el número del celular de su esposa.
- Hola Martina. ¿Cómo la estas pasando?
- Hola, mi amor. ¡Espectacular! Este es un lugar maravilloso. Es una pena que no hayas podido acompañarme.
- Si, lo sé. De todas maneras sólo hubiera molestado. Entiendo que Victoria y vos tienen muchísimo para contarse. Cosa de mujeres, yo hubiese estado de más, o ¿me equivoco?
- No seas bobo, Lucas. Sabés que me encanta tu compañía, pero también entiendo lo importante que es para vos la empresa. ¿Todavía estas en la oficina?
- Si, recién terminé de revisar la propuesta que tenemos que presentar mañana. Creo que ganamos, no... estoy convencido que ganamos. Es un proyecto importante, y nos va a abrir la puerta a muchos otros. La construcción vuelve a ser un buen negocio, y es tiempo de avanzar. Bueno, no te llamé para hablarte de la empresa; además sé que te aburre. Contame, ¿cómo les quedó la lengua? jajajjaaaaaa.
- ¡Al rojo vivo! Jajajjaaaaa. Realmente me siento muy feliz de haberme reencontrado con Victoria. ¿Ya te vas a casa?
- Si, antes voy a comer algo por ahí, si es que encuentro algún restaurante abierto, ya es más de medianoche.
- No comas porquerías, Lucas. La comida chatarra no es buena. Es preferible que un acto de arrojo te prepares un bife y una ensalada en casa. Bueno, mi amor. No me extrañes, pronto estaré de regreso. Cuidate. Un beso.
- Ok. Disfruta de tu amiga, y no te preocupes por mi, yo me arreglo. Te quiero. Chau.
- Chau, amor.
No se sentía bien por engañar a Martina. Era una mujer comprensiva y dulce que siempre lo había acompañado. Jamás habían tenido una discusión subida de tono. Siempre había respetado su pasión por el trabajo, sus cosas; y en muchas ocasiones gracias a ella, por su natural optimismo, había podido continuar, cuando alguna situación se presentaba más que difícil en la empresa. Tomó su sobretodo, y salió a la calle. Subió a su auto, y tomando por la avenida principal, se dirigió hasta el departamento de Deborah.
Pensar en reencontrarse con esa mujer, lo excitaba. Cada encuentro implicaba el despliegue de una pasión acumulada. Liberarse de estructuras, de formas, de prejuicios. Era dejar surgir ese lado salvaje que cada ser humano tiene, y repliega en función de las buenas costumbres. No necesitaba mentirle, ambos sabían que no existía amor, sólo eran presos de una atracción compartida; y estaban dispuestos a disfrutarla, sin compromisos. Vivir el momento. Gozar. Sentir.
Estacionó el auto a una cuadra, y caminó hasta el edificio. Oprimió el botón del portero eléctrico, y esperó.
- ¿Si? ¿Quién es?
- Soy yo. Lucas.
La chicharra sonó y empujó la puerta. Ya en el ascensor, sintió un estremecimiento. Se preguntó como estaría vestida; o tal vez, estuviera desnuda. Llegó al segundo piso, y avanzó hasta el 2º “C”. Hizo sonar el timbre. Al abrirse la puerta, pudo ver la figura de Deborah oculta bajo una bata estampada de raso. Ella lo rodeó con sus brazos, y lo atrajo hacia el interior, mientras sus labios se unían a los suyos en un beso húmedo y urgente. Sus manos buscaron los glúteos, para luego subir hacía sus pechos, mientras aún sus lenguas jugaban inquietas en un beso apasionado. Imprevistamente, ella se alejó.
- Lucas, tenemos que hablar.
- ¿Qué pasa?
Ella lo miró, y sin preámbulos, dijo:
- Tengo un atraso considerable. Creo que estoy embarazada.
No podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Era imposible. Una sola vez se habían descuidado. Y con sus antecedentes, era definitivamente imposible.
- No puede ser. ¿Estas segura?
- Casi segura. No suelo tener atrasos. Siempre fui sumamente regular. No sé, Lucas, a mi también me parece increíble, pero...
Sintió un nudo en el estómago. Un hijo. Lo que más deseaba, pero no así. Miles de pensamientos comenzaron a agolparse en su cabeza, a punto de hacerla estallar. ¿Qué hacer? ¿Cómo afrontar esa situación? Su vida daría un giro de 180 grados. Martina jamás se lo perdonaría. Significaría el fin de su matrimonio, y el comienzo de un caos. Lo mejor era interrumpirlo, y que todo siga como hasta ahora.
- ¿Qué vamos a hacer, Deborah? Creo que de ser así, lo más lógico es no tenerlo. Mañana voy a averiguar como puede interrumpirse sin riesgo.
Ella lo miró extrañada. Cómo podía estar diciéndole eso. La situación era complicada, pero no justificaba el poner fin a una vida. Además, si realmente se trataba de un embarazo, hasta podría decirse que era un milagro.
- No nos adelantemos, Lucas. Primero voy a hacerme la prueba. Tal vez sólo sea algún problema hormonal.
- No podemos perder tiempo. En estos casos hay que actuar rápido. Sé que existen unas pastillas sumamente efectivas. Yo me ocupo de conseguirlas.Deborah guardó silencio. No estaba dispuesta a tomar ninguna medida para interrumpir la gestación, pero no se lo diría hasta tener la certeza de estar realmente embarazada. Se acercó a él, y lo besó con dulzura. El contacto de sus lenguas hizo que el deseo comenzará a aflorar en ambos. Las manos de Lucas buscaron su entrepierna, e introdujo uno de sus dedos en la vagina húmeda de Deborah, mientras con la palma acariciaba su pubis. Ella inició la tarea de desabrocharle el pantalón, dejando en libertad su miembro erecto y caliente. Poniéndose en cuclillas, lo recorrió con su lengua suavemente, para finalmente meterlo por completo en su boca. No hizo falta más, para que se desprendieran de sus ropas, quedando totalmente desnudos. Tomándola de la cintura, la sentó en el borde de la mesa del comedor, y la penetró de inmediato, haciendo lugar al deseo salvaje de poseerla. Sintió el calor de su sexo lubricado y expectante, mientras con su mano apretaba sus pechos. Ella sintió en su interior la rigidez de ese pene a punto de eyacular, rozando en cada movimiento su clítoris deseoso por estallar en un orgasmo inevitable. No pudiendo detenerse, ambos se abandonaron al placer del cosquilleo que marcaba el inminente éxtasis de ese orgasmo compartido. Un grito unánime de gozo quebró el silencio del departamento. Se quedaron un momento abrazados, exhaustos; sintiendo como poco a poco sus cuerpos comenzaban a relajarse.