domingo, noviembre 27, 2005

Asunto de Memoria

Le decian Nacar... Era una mujer extraña, misteriosa e indudablemente hermosa. Cuando caminaba por las calles del pueblo, hasta los perros se daban vuelta a mirarla.
Todas las mañanas salía de su rancho, haciendo el mismo recorrido. Casi como un ritual. No hablaba con nadie. Las malas lenguas decían que estaba poseída, que era amante de Satanás.
Ningún habitante del pueblo sabía exactamente que edad tenía. Algunos aseguraban que más de ochenta, sin embargo su piel era fresca y lozana, como la de una niña de quince. Otros, en virtud de su apariencia, afirmaban que tenía menos de veinte. En realidad era todo un misterio.
Una noche, mientras la luna brillaba a más no poder, una sombra se erigió en la ventana del rancho de Nacar. Su contorno sugería la figura de un hombre de gran porte. Ella en el interior, se preparaba para un baño, resfrescante y reparador, despues del sudor acumulado durante el transcurso de una jornada, insoportablemente, calurosa. Su piel brillaba bajo el reflejo de la luna y emanaba un aroma embriagador. Lentamente se introdujo en la tina. Ya sentada dentro de ella, comenzó a enjabonar su cuerpo. La figura en la ventana, permanecía ínmovil.
El ladrido de un perro, hizo que la mujer se sobresaltara y mirara hacia esa dirección. Allí estaba él, con su apariencia atroz, lleno de pelos y chorreando baba por la boca. Sus manos, que no eran manos sino garras, se apoyaban en el marco de la ventana abierta. Al verse descubierto, huyó de inmediato. Cualquier persona hubiera gritado aterrorizada. Ella no lo hizo. Continuó, inmutable, con lo que estaba haciendo.
Tal vez allí radicaba el misterio de su permanente juventud. Decían los ancianos del pueblo que para ella el tiempo no existía, no tenía pasado ni futuro, desconocía lo que era el ayer y el mañana. Vivía solo el hoy, sin historia ni proyecto, por eso no envejecía. Su premio o su condena era que, Nacar, carecía de memoria. ¿Será que el tiempo en realidad no existe? ¿Será que envejecemos por culpa de nuestra memoria?

miércoles, noviembre 23, 2005

De Novela... (Capítulo VI)

- Señor Rossi, tiene un llamado por el interno 34.
- ¿Quién es, Cecilia? ¡Te pedí que no me pasaras llamadas hasta terminar con estos informes!
- Es la señora López. Dice que le urge hablar con usted.
- Ok. Decile que me espere unos segundos, ya la atiendo.
Era sumamente raro que Deborah lo interrumpiera. Ella sabía que al día siguiente se cumplía el plazo para presentar la propuesta de la empresa al gobierno, si pretendían participar de la licitación, y ganar la construcción del casino provincial. Realmente debía ser algo muy urgente. Terminó de revisar la documentación, y oprimió el botón del interno 34.
- Deborah, ¿qué sucede?
- Lo siento, Lucas. Necesito que hablemos. Tengo algo importante que decirte.
- Estamos hablando. Decime.
- No por teléfono. ¿Podés venir a mi departamento en cuanto termines?
- Si, en un par de horas, todavía me falta revisar algunos detalles. Pero, y… ¿los chicos? ¿Estas sola?
- Estoy sola. Los chicos se fueron a la casa del padre. Te espero. Un beso.
- Ok. Termino con esto, y voy para allá. Ya sabés como me gusta que me recibas, ¿si?
- No estoy para bromas, Lucas. Lo que tengo que decirte es serio. Otro beso, chau.
- Chau.
Colgó el auricular. El tono que había usado Deborah en la breve conversación, era preocupante. No era habitual en ella. Generalmente sus llamados eran para provocarlo sexualmente, y concluir en un algún encuentro furtivo.
Hacia más de un año que mantenían una relación clandestina, sin compromiso alguno más que disfrutar del placer de sus cuerpos. Decidió no darle más vueltas al asunto, terminaría de controlar las carpetas, y luego iría a verla.
Lucas Donato Rossi era un empresario de la construcción, que siendo muy joven había tenido que ponerse al frente de la compañía fundada por su padre hace más de 50 años. Era un hombre exitoso, podría decirse que lo tenia todo. Un patrimonio más que considerable, el cual le permitía vivir holgadamente, disfrutando de la comodidad y tranquilidad que brinda un buen pasar. Una esposa, con la cual llevaba 20 años de matrimonio, y que adoraba. Sin embargo, la vida le había quitado la posibilidad de tener hijos. Era casi estéril, y a pesar de haber realizado muchísimos tratamientos, jamás obtuvo resultado positivo. Finalmente, después de pasar por miles de pruebas, su esposa y él, terminaron por resignarse.
Después de revisar punto por punto la propuesta, quedando satisfecho y con la seguridad que ganarían sin lugar a dudas la licitación; se quitó los antejos mientras se ponía de pie, para luego alzar sus brazos y estirar su cuerpo buscando relajar la tensión de sus músculos. Antes de salir marcó el número del celular de su esposa.
- Hola Martina. ¿Cómo la estas pasando?
- Hola, mi amor. ¡Espectacular! Este es un lugar maravilloso. Es una pena que no hayas podido acompañarme.
- Si, lo sé. De todas maneras sólo hubiera molestado. Entiendo que Victoria y vos tienen muchísimo para contarse. Cosa de mujeres, yo hubiese estado de más, o ¿me equivoco?
- No seas bobo, Lucas. Sabés que me encanta tu compañía, pero también entiendo lo importante que es para vos la empresa. ¿Todavía estas en la oficina?
- Si, recién terminé de revisar la propuesta que tenemos que presentar mañana. Creo que ganamos, no... estoy convencido que ganamos. Es un proyecto importante, y nos va a abrir la puerta a muchos otros. La construcción vuelve a ser un buen negocio, y es tiempo de avanzar. Bueno, no te llamé para hablarte de la empresa; además sé que te aburre. Contame, ¿cómo les quedó la lengua? jajajjaaaaaa.
- ¡Al rojo vivo! Jajajjaaaaa. Realmente me siento muy feliz de haberme reencontrado con Victoria. ¿Ya te vas a casa?
- Si, antes voy a comer algo por ahí, si es que encuentro algún restaurante abierto, ya es más de medianoche.
- No comas porquerías, Lucas. La comida chatarra no es buena. Es preferible que un acto de arrojo te prepares un bife y una ensalada en casa. Bueno, mi amor. No me extrañes, pronto estaré de regreso. Cuidate. Un beso.
- Ok. Disfruta de tu amiga, y no te preocupes por mi, yo me arreglo. Te quiero. Chau.
- Chau, amor.
No se sentía bien por engañar a Martina. Era una mujer comprensiva y dulce que siempre lo había acompañado. Jamás habían tenido una discusión subida de tono. Siempre había respetado su pasión por el trabajo, sus cosas; y en muchas ocasiones gracias a ella, por su natural optimismo, había podido continuar, cuando alguna situación se presentaba más que difícil en la empresa. Tomó su sobretodo, y salió a la calle. Subió a su auto, y tomando por la avenida principal, se dirigió hasta el departamento de Deborah.
Pensar en reencontrarse con esa mujer, lo excitaba. Cada encuentro implicaba el despliegue de una pasión acumulada. Liberarse de estructuras, de formas, de prejuicios. Era dejar surgir ese lado salvaje que cada ser humano tiene, y repliega en función de las buenas costumbres. No necesitaba mentirle, ambos sabían que no existía amor, sólo eran presos de una atracción compartida; y estaban dispuestos a disfrutarla, sin compromisos. Vivir el momento. Gozar. Sentir.
Estacionó el auto a una cuadra, y caminó hasta el edificio. Oprimió el botón del portero eléctrico, y esperó.
- ¿Si? ¿Quién es?
- Soy yo. Lucas.
La chicharra sonó y empujó la puerta. Ya en el ascensor, sintió un estremecimiento. Se preguntó como estaría vestida; o tal vez, estuviera desnuda. Llegó al segundo piso, y avanzó hasta el 2º “C”. Hizo sonar el timbre. Al abrirse la puerta, pudo ver la figura de Deborah oculta bajo una bata estampada de raso. Ella lo rodeó con sus brazos, y lo atrajo hacia el interior, mientras sus labios se unían a los suyos en un beso húmedo y urgente. Sus manos buscaron los glúteos, para luego subir hacía sus pechos, mientras aún sus lenguas jugaban inquietas en un beso apasionado. Imprevistamente, ella se alejó.
- Lucas, tenemos que hablar.
- ¿Qué pasa?
Ella lo miró, y sin preámbulos, dijo:
- Tengo un atraso considerable. Creo que estoy embarazada.
No podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Era imposible. Una sola vez se habían descuidado. Y con sus antecedentes, era definitivamente imposible.
- No puede ser. ¿Estas segura?
- Casi segura. No suelo tener atrasos. Siempre fui sumamente regular. No sé, Lucas, a mi también me parece increíble, pero...
Sintió un nudo en el estómago. Un hijo. Lo que más deseaba, pero no así. Miles de pensamientos comenzaron a agolparse en su cabeza, a punto de hacerla estallar. ¿Qué hacer? ¿Cómo afrontar esa situación? Su vida daría un giro de 180 grados. Martina jamás se lo perdonaría. Significaría el fin de su matrimonio, y el comienzo de un caos. Lo mejor era interrumpirlo, y que todo siga como hasta ahora.
- ¿Qué vamos a hacer, Deborah? Creo que de ser así, lo más lógico es no tenerlo. Mañana voy a averiguar como puede interrumpirse sin riesgo.
Ella lo miró extrañada. Cómo podía estar diciéndole eso. La situación era complicada, pero no justificaba el poner fin a una vida. Además, si realmente se trataba de un embarazo, hasta podría decirse que era un milagro.
- No nos adelantemos, Lucas. Primero voy a hacerme la prueba. Tal vez sólo sea algún problema hormonal.
- No podemos perder tiempo. En estos casos hay que actuar rápido. Sé que existen unas pastillas sumamente efectivas. Yo me ocupo de conseguirlas.Deborah guardó silencio. No estaba dispuesta a tomar ninguna medida para interrumpir la gestación, pero no se lo diría hasta tener la certeza de estar realmente embarazada. Se acercó a él, y lo besó con dulzura. El contacto de sus lenguas hizo que el deseo comenzará a aflorar en ambos. Las manos de Lucas buscaron su entrepierna, e introdujo uno de sus dedos en la vagina húmeda de Deborah, mientras con la palma acariciaba su pubis. Ella inició la tarea de desabrocharle el pantalón, dejando en libertad su miembro erecto y caliente. Poniéndose en cuclillas, lo recorrió con su lengua suavemente, para finalmente meterlo por completo en su boca. No hizo falta más, para que se desprendieran de sus ropas, quedando totalmente desnudos. Tomándola de la cintura, la sentó en el borde de la mesa del comedor, y la penetró de inmediato, haciendo lugar al deseo salvaje de poseerla. Sintió el calor de su sexo lubricado y expectante, mientras con su mano apretaba sus pechos. Ella sintió en su interior la rigidez de ese pene a punto de eyacular, rozando en cada movimiento su clítoris deseoso por estallar en un orgasmo inevitable. No pudiendo detenerse, ambos se abandonaron al placer del cosquilleo que marcaba el inminente éxtasis de ese orgasmo compartido. Un grito unánime de gozo quebró el silencio del departamento. Se quedaron un momento abrazados, exhaustos; sintiendo como poco a poco sus cuerpos comenzaban a relajarse.

martes, noviembre 22, 2005

De Novela... (Capítulo V)

Una lágrima surcaba su rostro, cuando escuchó que llamaban a la puerta de su habitación. No debía responder, lo cual le dio tiempo para ir hacia el baño y borrar con agua fresca cualquier rastro de dolor.
Tímidamente Victoria ingresó al cuarto al percatarse de la estupidez que había cometido. ¿A quién se le ocurriría golpearle la puerta a un sordomudo? Algo avergonzada por haber tenido que entrar sin avisar, escuchó el ruido del agua corriendo en el baño. Mientras esperaba que él saliera, vio el celular sobre la mesa. Le extrañó que un sordomudo tuviera uno. Sin embargo pronto recordó que no sólo podían utilizarse para comunicarse usando la voz, sino también a través de mensajes de texto. Realmente en los últimos 20 años, la tecnología, había avanzado a pasos agigantados, y seguía haciéndolo de manera acelerada. A veces para bien, otras para mal; pero definitivamente no se detenía. En realidad, la tecnología en sí, no era ni buena ni mala; la bondad o la maldad sólo quedaba de manifiesto en el uso que se hacía de ella. Y como todo, el mal, lo marca el abuso.
Al verla, Martín no pareció sorprenderse. Una sonrisa se dibujo en su rostro, expresando con ese gesto, el placer que le causaba ver a Victoria nuevamente en ese día. Realmente era una mujer interesante. Tuvo que contenerse para no echarse a reír, ante las graciosas gesticulaciones que ella hacía, intentando explicar el motivo de su presencia allí. Al mirarla fijamente, pudo percibir como sus mejillas iban coloreándose de un rosa intenso. Hacia muchísimo tiempo que no veía una mujer ruborizarse. Sintió un intenso deseo de besarla, mas se contuvo y dirigiéndose a la mesa que había en el cuarto, tomó papel y lápiz, y escribió:
- “Esta bien. No hay problema, entiendo”. –
Con cierta premura, y algo nerviosa aún; le hizo saber el motivo por el cual se encontraba ahí.
- “Estuve pensando en su oferta, y decidí aceptar sus servicios. Quise hacérselo saber de inmediato. Mañana temprano le mostraré el lugar. Lo espero en el hall de entrada a las 6:30 AM. Le ruego sepa disculpar mi atrevimiento por ingresar a su cuarto”.
No había terminado de hablar, cuando él en clara expresión de agradecimiento, la abrazó y le dio un cálido beso en la mejilla. Sonriendo, y algo turbada, lo alejó delicadamente; para luego retirarse con un “hasta mañana”.
Nuevamente solo, Atanás no pudo evitar pensar, que las cosas se estaban dando a pedir de boca. Una sonrisa de satisfacción apareció en su rostro.

viernes, noviembre 18, 2005

De Novela... (Capítulo IV)

En la soledad de la habitación, Martín, extrajo un teléfono celular de uno de sus bolsos para comunicarse con su contacto en Buenos Aires.
La idea de hacerse pasar por sordomudo había resultado todo un éxito, de esa manera evitaba que fuera identificado su característico acento extranjero y podía moverse con tranquilidad, sin levantar la más mínima sospecha.
- Hola. Soy yo. Me encuentro en el lugar establecido. Espero instrucciones.
- Se complicaron las cosas. El presidente postergó la visita a Bella Vista para recién entrada la primavera, con lo cual deberá mantenerse allí hasta esa fecha. Tómelo como unas merecidas vacaciones.
- Eso aumenta el precio en un 30%. ¿Están dispuestos a pagarlo?
- Por supuesto. Sus servicios son impecables, pagaremos lo que pida.
Sin agregar nada más, cortó la comunicación. Esa postergación haría más dificultosa la tarea, sin embargo no le desagradaba el tener que quedarse en ese lugar más de lo previsto. Hace tiempo que no disfrutaba del contacto con la naturaleza, ni había tenido oportunidad de volver a desarrollar su antiguo hobby. En eso no había mentido. En alguna época la crianza y cuidado de caballos, había sido su principal ocupación.
Un dejo de tristeza invadió su alma al recordar a Marianela, su adorada niñita.
Atanás Argiropolus era de origen griego. Siendo aún muy joven había emigrado a territorio español, donde en poco tiempo se convirtió en uno de los más ricos hacendados del país. Propietario de los mejores viñedos, forjó su fortuna con la producción y venta del más exquisito y refinado vino español. Apenas había cumplido sus 25 años cuando se casó con una hermosa y dulce valenciana, hija de un importante político, funcionario del gobierno. Fueron bendecidos con el nacimiento de dos hijos varones en su segundo año de matrimonio, Joaquín y Manuel, gemelos idénticos. Diez años más tarde, llegaría Marianela.
Dedicado ya a la cría de caballos, disfrutaba viendo a su hija de solo 5 años, montar como una amazona. Ella era la única que había heredado de él la pasión por los equinos. Pasaban juntos muchas horas compartiendo el placer que a ambos les generaba esa tarea. Marianela era la encargada de ponerle nombre a cada nuevo potrillo. Su favorito era una yegua azabache, a la cual había bautizado “Princesa”.
Una calurosa tarde de verano, ocurrió la tragedia. Tragedia que marcaría a Atanás, por el resto de su vida.
Mientras se disponían a compartir en familia el refresco habitual, un grupo comando asaltó la finca disparando sin piedad sobre el grupo que se encontraba presente en el hall de verano. Sucedió todo en segundos. Joaquín cayó muerto sobre la mesa por el impacto de un proyectil que le destrozó el cráneo. Manuel intentó correr, y fue alcanzado por un disparo en la nuca. La madre de los jóvenes recibió una ráfaga que dejó irreconocible su bellísima figura. Los sirvientes fueron aniquilados uno a uno, regando con sus cuerpos ensangrentados cada rincón de la casa.
Atanás y Marianela se encontraban aún en el establo cuando escucharon el estruendo. Corrió desesperado hacia la propiedad; mientras Marianela presa del pánico, se quedó inmóvil abrazada a la pata de su yegua.
Al llegar al lugar, la escena que se desplegó ante sus ojos, era espantosa. El hall de verano parecía haber sido decorado por la morbosa mente de un asesino con tendencias artísticas. Desesperado buscó entre los cuerpos mutilados, a su adorada Encarnación. Antes de poder encontrarlo se topó con los cuerpos sin vida de Joaquín y Manuel. Un grito desesperado surgió impulsivamente de su garganta. Fuera de sí intentó en vano reanimarlos, mientras las lágrimas se agolpaban en sus ojos, ansiosas por fluir como un río. Con el rostro desencajado, pudo ver tendida a unos pocos metros, lo que parecía ser la figura de su esposa, inerte sobre una laguna de sangre. Haciendo frente al pánico que le provocaba enfrentarse a la inminente realidad, se dirigió hasta ahí. Era ella. Con una fuerte expiración, se dejó caer de rodillas y abrazó el frágil y casi irreconocible cuerpo de su dulce compañera. La apretó fuertemente contra su pecho, y rompió en un llanto incontenible y salvaje. El tiempo pareció detenerse. Cuando logró recuperar la cordura, el sol casi desaparecía en el horizonte y un silencio sepulcral cubría la finca.
- ¡Marianela! – se incorporó de un salto, y a toda la velocidad, corrió hasta el establo.
Mientras su padre, había salido desesperado hacía la casa; la niña aún abrazada a su yegua, temblaba como una hoja. De pronto, en un movimiento brusco e instintivo, el animal asustado se alzó sobre sus patas traseras. La pequeña, cayó tendida frente a él; para recibir luego un fuerte golpe de sus patas delanteras.
- ¡Marianela! ¡Marianela! – desesperado gritaba el nombre de su niña sin obtener respuesta.Entró al establo como una saeta. Frente al cobertizo pudo ver el pequeñísimo cuerpo de Marianela. Estaba inmóvil tendido sobre la paja seca que cubría el suelo. Sólo un segundo le llevó estar a su lado. Un hilo de sangre corría por la comisura de sus labios. Imaginó lo peor. Sin embargo, al arrodillarse junto a ella, percibió su débil respiración. Sin dudarlo tomó a su hija en brazos, y acomodándola sobre su hombro izquierdo, montó sobre Princesa para emprender una enloquecida carrera hasta el pueblo más cercano.

jueves, noviembre 17, 2005

De Novela... (Capítulo III)

Los colores del atardecer ya se habían adueñado del cielo. Victoria permanecía de pie frente a la ventana de su cuarto. La conversación con Martina le había hecho recordar su romance con Luiggi. Extrañaba a ese tano loco y apasionado. Habían transcurrido ya seis meses de su partida, y no había vuelto a estar con un hombre. Rememorar las experiencias vividas con él provocó que una fuerte excitación se apoderara de su cuerpo y sintiera el deseo de masturbarse. Sin dudarlo desprendió su jean e introdujo su mano sintiendo de inmediato la humedad de su sexo. Apenas rozó su clítoris, y éste explotó de forma instantánea brindándole el placer de un solitario orgasmo. Aún mantenía su mano en la entrepierna, cuando alguien llamó a la puerta de su dormitorio.
- ¿Si? – preguntó, mientras abrochaba su pantalón y acomodaba su ropa.
- ¿Señora Victoria? La necesitan en recepción.
- Ok. Juancho. Bajo en un minuto.
Se dirigió hasta el baño, lavó sus manos y refrescó su cara. Miró su imagen reflejada en el espejo. Tomó el peine, y peinó las ondas de su larga y oscura cabellera. Salió del cuarto. Bajó por las escaleras de rústica madera hasta el hall de entrada. En el mostrador de recepción, un hombre de estatura mediana vestido con vaqueros y una gruesa campera marrón, la esperaba. Cuando estuvo frente a él, pudo apreciar que era sumamente apuesto, de piel muy blanca. Algunas arrugas en su rostro y su cabello entrecano delataban que debía estar cerca de los cincuenta años. Sus ojos parecían un par de zafiros, azules y brillantes. Él la miró, e inmediatamente una amable sonrisa se dibujó en su rostro a modo de saludo.
- Buenas tardes, ¿en qué puedo servirle?
El hombre no articuló palabra, sólo seguía sonriendo, mientras con su mano le extendía una especie de tarjeta. Victoria la tomó, y leyó lo que en ella estaba escrito. “Soy sordomudo. Mi nombre es Martín Tomas Fernández, y estoy buscando trabajo. Como paga solo pretendo alojamiento y comida. Gracias.” Él la miraba con la ansiedad de alguna respuesta, y ella no sabía muy bien que responderle. No necesitaba más personal, sin embargo tampoco la hacía sentir bien el hecho de rechazarlo. Debía intentar preguntarle a que se dedicaba, pero ¿cómo hacerlo? Desconocía el lenguaje de señas. Como adivinando su pensamiento, el hombre tomó una lapicera y en un papel escribió: “Puedo leer los labios”. Para ella fue un alivio. A partir de allí mantuvieron una conversación a través de gestos y minutas, tediosa, pero no por ello infructuosa. Victoria pudo enterarse que su especialidad era la cría y cuidado de caballos. Que hace una semana había llegado al país proveniente de Uruguay; después de ser despedido sin aviso previo ni indemnización. Que se había aventurado a venir al sur en virtud del impulso turístico que se le estaba dando a la zona, con la esperanza de conseguir algún trabajo. Finalmente convinieron que al día siguiente ella le daría una respuesta. Esa noche lo alojaría sin compromiso alguno. Tomó la llave de la habitación nº 12, y con gesto amable lo invitó a que la siguiera. Mientras subían la escalera, Martín que iba detrás, la miraba atentamente. Era una mujer interesante y muy sensual. Esperaba que lo aceptara como empleado. La posada era el lugar perfecto para establecerse, y además ella era hermosa. Llegaron a la puerta de la habitación. Victoria introdujo la llave en la cerradura y abrió. Haciéndose a un lado, dejó que el hombre ingresara al cuarto. El lugar era sencillo y cálido. El mobiliario constaba de una cama matrimonial, dos mesitas de luz, una mesa que cumplía la función de escritorio, una silla y un pequeño ropero; todo realizado con madera de la zona que le daba un agradable toque rústico. Dejó los bolsos sobre la mesa, y volvió a saludar a Victoria. No pudo evitar acariciar una de sus mejillas, y mirarla con infinita ternura, expresando su agradecimiento por tanta hospitalidad. Al percibir la calidez de su mano, ella se estremeció. Con una sonrisa y un gesto a modo de saludo, se marchó dejándolo solo.

miércoles, noviembre 16, 2005

De Novela... (Capítulo II)

Los ventanales empañados de la Posada Bella Vista, indicaban el contraste entre la calidez del salón y el frío del exterior. Victoria Lamas, propietaria del complejo emplazado en plena cordillera del sur argentino, observaba el paisaje invernal desde la ventana de su cuarto. Es una mujer solitaria, de más de 40 años, que luego de dos intentos matrimoniales fallidos, y el alejamiento de sus dos únicos hijos; había decidido emprender el desafío de dirigir su propio negocio. Adquirió la posada en un remate llevado a cabo dos años atrás; invirtiendo, para ello, hasta el último centavo de su capital. Restaurar y poner en funcionamiento el complejo no había sido sencillo, sin embargo el empeño y fortaleza de la mujer lograron crear, en poco tiempo, un ambiente atractivo para aquellos turistas que disfrutan del contacto con la naturaleza.
Esa temporada prometía ser exitosa. Aún no había finalizado el mes de junio, y la capacidad de la posada estaba cubierta en un 80%. La mayoría de sus huéspedes eran hombres jóvenes, ansiosos de aventurarse en la fría cordillera, con el objetivo de alcanzar la cima de alguna temeraria montaña. A ella le hubiera gustado tener 20 años menos, y unirse a alguno de los grupos formados por sus audaces pensionistas; sin embargo, a pesar de la imposibilidad de acompañarlos, disfrutaba plenamente al escucharlos relatar sus experiencias al final del día.
Esa tarde recibió la sorpresiva visita de su amiga Martina. Habían transcurrido seis largos años desde la última vez que tuvieron oportunidad de compartir una charla que no fuera a través de un teléfono. Luego de saludarse con un efusivo abrazo, estuvieron más de media hora intentando entablar una conversación ordenada. La necesidad de ambas de contarse en cinco minutos lo que habían vivido durante años, hacía imposible lograr un diálogo coherente. Saltaban de un tema a otro, sin concluir ninguno; de pronto se reían a carcajadas sin saber por qué. Definitivamente parecían estar totalmente dementes, pero sumamente felices de haberse reencontrado.
Martina es una mujer regordeta, de baja estatura, con una simpatía extraordinaria. A diferencia de Victoria, aún se mantenía al lado del hombre con el cual se había casado hace 20 años. Sin embargo, a pesar de sostener una buena relación con su marido, no parecía sentirse plenamente feliz.
- ¿Sos feliz, Vicky? – preguntó tirada en la cama, mientras observaba las irregularidades del cielorraso.
- No sé, supongo que sí. ¿Vos no lo sos?
- Creo que no. Permanentemente siento que algo me falta.
- Pero Martina, tenés un marido divino que te dá todos los gustos. ¿O acaso hay problemas entre ustedes?
- No hay problemas. Seguimos manteniendo la misma relación de siempre. Buen diálogo. Comprensión mutua. Respeto por el espacio de cada uno. El sexo bien... aunque tampoco es la panacea. Así y todo, no me siento plena. Decime Vicky, no te pusiste a pensar, que en realidad todo pasa por eso… Por el sexo...
- ¿Por el sexo? ¿Qué me estas diciendo?
- ¡Sí! Que la felicidad de una mujer junto a un hombre pasa por el buen sexo.
- Vos estás cada vez más loca. El sexo no lo es todo.
- El sexo, no. Pero… ¿el buen sexo? Imagina convivir con un hombre que todas las veces te lleve a gozar de un fantástico orgasmo. Sin ayuda extra. ¿Qué me decís?
- Que estas totalmente loca. Ahora no vas a decirme que con Lucas no disfrutas de orgasmos.
- Si, pero no siempre. Y si los tengo es porque nos conocemos lo suficiente como para tener la confianza necesaria de pedir lo que queremos sin reparos, ni pudores. Sin embargo, no hubo una sola vez en la cual no haya necesitado pedir o darle una ayudita. No es a lo que me refiero.
- La verdad Martina, no sé donde querés llegar. ¿Sentís ganas de tener algún amante extra?
- No. No se trata de eso. Es cierto que yo sólo lo hice con él, nunca hubo otro. Pero en tu caso, que probaste más de uno. ¿Con cual te sentiste realmente feliz?
Victoria quedó un minuto en silencio, mientras trataba de recordar con cual había sido. No demoró mucho en encontrar la respuesta. Luiggi. No cabía duda que ese italiano la había hecho feliz como ninguno. Y si hubiese existido la oportunidad de continuar con esa relación, aún seguiría a su lado.
- Luiggi. Pero fue un affaire, y convengamos que fue fantástico porque no duró lo suficiente como para hundirnos en la rutina, en el acostumbramiento.
- ¿Un affaire? Un año estuvieron conviviendo, hasta que a él no le quedó otra opción que regresar a su país. ¿No te parece tiempo suficiente como para que la rutina hubiese hecho estragos? No seas necia, reconoce que estabas como los dioses porque mantenían buen sexo cada vez que lo hacían, y gozabas de unos orgasmos espectaculares sin necesidad de pedirle nada.
- Evidentemente pasar la barrera de los 40 te afectó el cerebro. Mirá los planteos que se te ocurren. El buen sexo como condicionante de la felicidad de una mujer. ¿Y el amor qué?
Martina miró a su amiga. Le causaba mucha gracia cuando Victoria se empeñaba en no darle la razón, y buscaba argumentos para refutarla. Con una sonrisa, respondió:
- Bueno, podemos agregarlo como condicionante también. El amor y/o el buen sexo. ¿Ok?
Ambas rompieron en una fuerte carcajada.

martes, noviembre 15, 2005

De Novela... (Capítulo I)

Los acordes de la Marcha Triunfal de Aída inundaban el cuarto presidencial. Fanático de la música clásica, el primer mandatario colombiano, acompañaba con enérgicos movimientos de sus brazos el compás de la melodía. Totalmente inmerso en el placer que la música le proporcionaba, no percibió el sonido del picaporte al abrirse la puerta de su suite.
Un hombre elegantemente vestido se introdujo sigilosamente dentro de la habitación. Con movimientos precisos se acercó convenientemente, y apuntó con un arma al mandatario.
- Álvaro. Lo siento.
El mandatario apenas alcanzó a girar su cuerpo, y un disparo certero perforó su tórax. Se desplomó de inmediato. Cayendo de espaldas sobre la refinada alfombra azul, de su pecho comenzó a brotar, como un manantial, la roja savia. El hombre se inclinó sobre el cuerpo inerte, y teniendo la absoluta certeza que ya el pobre infeliz no pertenecía al mundo de los vivos, guardó su arma y se retiró tan silenciosamente como había llegado.
El sol en el horizonte, anunciaba otro caluroso día para los habitantes de la ciudad de Bogotá. En la residencia presidencial, todo parecía desarrollarse con habitual normalidad. Excepto que, el presidente, aún no había ordenado el desayuno. El reloj de la cocina marcaba ya las 8:30 horas.
- Qué extraño, Encarnación. Verdi – así lo llamaban irónicamente en la jerga doméstica por su afición a la ópera- aún no reclamó el desayuno.
- No te preocupes, Manuel. Seguramente se quedó hasta muy tarde escuchando esa música aburridísima que tanto le gusta, y aún no despertó.
- No sé, lo hace habitualmente y jamás dejó de solicitar el servicio antes de las 7:30. Voy a llamar al Sr. Enrique para que averigüe que sucede.
Enrique Álvarez Novoa era el hombre de confianza del Presidente. Alertado por Encarnación, se dirigió hasta la suite, y golpeó la gran puerta de roble tallada.
- ¡Álvaro! ¿Estás ahí? Tenemos una entrevista con el embajador de EEUU en 15 minutos.
Silencio total. Con decisión giró la perilla de bronce. Al abrirse la puerta, no podía creer la espantosa escena que se desplegada ante sus ojos. El mandatario yacía en medio de un charco de sangre, totalmente inmóvil. Sin dudarlo, oprimió el botón de la alarma; y al cabo de pocos segundos, el cuarto se vio invadido por una veintena de hombres pertenecientes al servicio de inteligencia y seguridad de estado.
En un bar ubicado en pleno centro de la capital colombiana, un hombre miraba las imágenes que transmitía la TV oficial, mientras bebía una taza de café bien negro. La programación habitual fue interrumpida para dar la dramática noticia del asesinato del Presidente. Los presentes en el local, quedaron mudos ante la sorpresiva noticia. Luego dieron paso a las lógicas expresiones de indignación y repudio. En medio del tumulto generado por las circunstancias, el hombre dejó su café por la mitad, y se dirigió hasta el teléfono público ubicado al fondo del bar.
- El objetivo fue cumplido. Dentro de media hora voy por el nuevo documento, el pasaporte y el resto de la paga.
- Bien hecho. Tenemos otro trabajo.
- ¿Dónde?
- Argentina.

De Internet...


“Hubo un tiempo que fue hermoso, y fui libre de verdad. Guardaba todos mis sueños, en castillos de cristal”. La canción de Sui Generis invadió sus oídos. Recordó su infancia.
- Sí... no cabe duda que fue un tiempo maravilloso, irrepetible y corto. Ojalá aún fuera una niña.
Pero era una mujer de 40 años, que apenas lograba mantener vivo un sueño por el espacio de algunos segundos. Momento que no desperdiciaba, y al cual intentaba aferrarse, cada vez, con mayor fuerza; procurando mantenerlo, siempre, un segundo más. Para verlo luego alejarse, indefectiblemente, por el desierto de lo cotidiano, de lo rutinario, de lo real.
Cuando pensaba en su infancia, encontraba a esa niña tímida y solitaria, que disfrutaba jugar en el jardín, imaginando que el cantero de piedras volcánicas eran montañas inalcanzables; el lugar donde estaba el banano, una selva inaccesible. Toda una invitación a la aventura. Los protagonistas eran pequeños muñecos, que cobraban vida en sus manos; cruzando praderas de césped recién cortado, ríos de agua de manguera, desiertos de barro seco. No existían imposibles, no había nada que los detuviera, excepto... ¡Camila! ¡Ya es hora de entrar! Su madre. ¿Acaso no se daba cuenta que estaba en plena lucha, tratando de vencer el temporal provocado por el regador?
Sonrió al recordar aquellos tiempos de imaginación y fantasía. ¡Qué fácil era soñar! Hoy, pocas cosas provocaban ese vuelo hacia lo mágico, lo inesperado. Muy pocas. Una de ellas, Internet.
Encendió la PC, escribió su password y comenzó a navegar. Recordó sus primeros pasos en la red.
En aquel tiempo, no sabía que buscaba, sólo saltaba de una página a otra. Ansiosa por satisfacer su sed de investigar, de conocer, de descubrir. Todo le resultaba interesante, nuevo, fascinante. Iba de México a China, luego de Suecia a Canadá. Del capitalismo al marxismo. De la globalización a la prehistoria. Del sexo a la poesía. De la guerra a la paz. Miles de imágenes se desplegaban ante sus ojos.
En una de esas ocasiones, le impactó una fotografía. Era real, no había truco. Ganadora de un importante premio. No podía creer lo que estaba viendo. En pleno desierto, un niño, o tal vez una niña, yacía arrodillado en el suelo, en posición fetal. Su cuerpecito famélico, dejaba casi sin misterio cada uno de sus huesos, mientras a pocos metros, un ave de rapiña esperaba atenta, su destino fatal. El corazón se le hizo añicos, no pudo contener las lágrimas, ni tampoco el llanto desesperado que brotó desde lo más profundo de su ser. Ni el grito: ¡Dios!
Necesitaba un sueño. Urgente. No cualquier sueño. Uno que pudiera hacerse realidad, y aplastara a aquella tan cruel. Se acordó del chat, ese del cual le había hablado tanto su sobrina adolescente. De lo divertido que era. De como se conocía gente de cualquier punto del planeta. No lo pensó más. Descargó Yahoo Messenger, e ingresó a una sala. No sintió más que decepción al leer los diálogos que mantenían sus participantes. Insultos, burlas.
Alguien, que lamentablemente ya ni recordaba su nombre, la saludó.
Era una jovencita colombiana, muy simpática y agradable, que luego de conversar un rato, le contó que residía en Medellín, que cursaba la secundaria, y que allí se vivía con mucho miedo. Fue su primer contacto, y el único de sexo femenino. Jamás volvió a saber de ella. Es el lado ingrato que poseen las relaciones virtuales. La mayoría son así, efímeras.
Como Marcos, un gallego divino, con el cual sólo habló una vez, por el espacio de una hora. Mantenían una conversación sumamente interesante, cuando de repente, desapareció. Más tarde él le escribía lo siguiente:
“Querida compañera Camila:
Lo prometido es deuda, y sería poco cortés dejar una conversación interesante a medias. Haciendo una breve recapitulación, recuerdo que hablábamos de cambios; y creo que te llevaste la impresión que mis palabras olían a pesimismo.
Antes que nada, querida Camila, no creo que mis palabras lleven una actitud pesimista. Creo que no se trata de actitud, es más bien, ver la compleja realidad en la cual estamos inmersos. No la reacción que nos pudiese ocasionar tal visión.
¿Cuál realidad compleja? Verás, hemos llegado a un punto donde el hombre ha perdido la dimensión de la realidad. El hombre se ha convertido en víctima de su propia telaraña, es la víctima de su propia creación. Formamos parte de una gran máquina, y en medio de esa gran máquina nos hemos transformado en piezas automáticas, piezas que han perdido su individualidad, su personalidad. Ya no creemos que nosotros hemos creado la máquina, sino la máquina nos ha fabricado a nosotros; de tal manera que nuestros actos son tan efímeros que no vemos la posibilidad de cambiar nada.
Aparentemente se quiere albergar esperanzas e ideales, pero allá en el fondo de nuestra mirada, sabemos que ideas son sólo ideas, ideas que de alguna manera, lejos de ser una meta en nuestras vidas, son mecanismos de evasión de la realidad que nos pudre poco a poco.
Vivimos en la era del pragmatismo, y no hay ser humano que consciente o inconscientemente, alabe tal forma de pensar. El mundo ha perdido con su propia victoria. Como diría Pirro: “... otra victoria como esta y estamos perdidos...” El pragmatismo con lleva al funcionalismo, y el funcionalismo nos deja la mediocridad; y eso somos... mediocres. Conformes con sobrevivir, dejando el sueño en el sueño. No es actitud, compañera Camila, ni es sinónimo de pesimismo o signos de estar cansado. No hay signos de cansancio. ¿Has leído a Kosice?... Él lo dice mejor que yo: “El individuo se mueve en un sistema de instalaciones y mecanismos, de los que él mismo se ocupa y es ocupado por ellos, pero habiendo perdido hace tiempo la conciencia que este mundo es una creación humana. …el manipulado no tiene ante sus ojos la obra entera, sino sólo parte de ella, abstractamente separada del todo, que no permite una visión de la obra en su conjunto. El todo se manifiesta al manipulador como algo ya hecho y el génesis sólo existe para él en los detalles, que de por sí son irracionales”. Somos esos, querida amiga, “manipuladores”… Se nos prepara para un trabajo que no es trabajo, un trabajo que no genera realmente expectativa de vida, el trabajo moderno es “una práctica manipuladora que convierte al hombre en manipuladores y objetos de manipulación”. El hombre ya no piensa... el hombre es el carro que maneja... el dinero que carga en su billetera... la tarjeta de crédito que presenta... el traje que lleva todos los días a su oficina... millones se mueren de hambre sin haber vivido, sin haber luchado, y eso pasa frente a los ojos, y ¿qué hacemos?... Simplemente, cambiamos el canal...
“El ocuparse con trabajo abstracto que crea un aspecto fenoménico en el mundo utilitario también abstracto en el que todo se vuelve aparato utilitario” ¿Hasta dónde hemos llegado? Sólo así es comprensible tal vez, la soledad...
Sabes, el chat es una muestra de ello. Cuantas soledades he visto. Digitamos en una pantalla lo que no podemos hacer con nuestras pieles. He encontrado personas que son capaces de viajar kilómetros por las ilusiones que se crean; y eso no es malo, es sólo un signo de la decadencia que estamos metidos.
Cierto día pasaba por la universidad, había un “cibernético” (todos estos términos, me causan gracia). Había diez personas sentadas en una línea perfecta frente a su ordenador, todos estaban metidos en un chat... Me causa gracia con mezcla de tristeza. ¿No hubiese sido mejor conversar entre ellos, tomarse las manos y acompañar su soledad o sus sueños? ¿Me entiendes, querida compañera?
Me decías que, a lo mejor se podría hacer conciencia, o como tu dijiste “una revolución global”. Hay tiempos de lucha y hay tiempos de oscuridad, vivimos en un tiempo de oscuridad; es como si los humanos han olvidado el lenguaje de la vida, y es tanto tiempo el que ha pasado en ese silencio, que ya se transformaron en seres ciegos, y seres mudos, en “animales” que no entenderían palabra alguna.
Cuando alguien lucha no vemos las razones de la lucha, sino vemos al enmascarado que se pone un fusil y lucha. La gente mira la actitud del que lucha y la fatalidad que le persigue. Todo se convierte en un “show”, se olvidan de las causas y quizá la palabra adecuada no es “olvidan”, por el contrario, jamás se dieron cuenta de las causas de lucha.
Latinoamérica, hace unos años se vio envuelta en una terrible lucha, admiro y respeto a la gente que murió por esos ideales. Como dijo Erich Fromm: “... no hay lucha más prodigiosa que la lucha que realiza el hombre por recobrar su libertad.” Hombres que murieron de alguna manera libre y con la convicción de poder alcanzar la libertad. Pero este sentimiento también me genera un llanto. Porque pese a que fueron grandes hombres, también fueron los hombres más ingenuos. Tal vez sea esa pureza lo que me atrae, pero eso fueron, Camila... Fueron como ovejas al matadero. Es triste, pero es la realidad, su lucha de antemano estaba perdida, sus ideales se mantuvieron puros en cuanto se mantuvieron en su individualidad. Nunca hubo lucha entre dos formas de vida (capitalismo-socialismo), colectivamente era una guerra de potencias que buscaban el poder del orden mundial, nada más. El poder se vale de muchos medios, y uno de ellos es la ideología. Esto es muy complicado, porque es una “contradicción lógica”, es como hablar con dos lenguajes. Vistos los actos de una forma colectiva, la guerra sólo fue cuestión de poder; visto los actos de forma personal o individual, hubo gente pura que hizo del engaño un acto puro. Pero eso ha sido algo que, en la historia de la humanidad, ha sido muy frecuente.
¿Qué hacer entonces?... sí, tal vez estas palabras sean palabras podridas, o palabras víctima de una juventud que ya olvidó que es la juventud. O tal vez estas palabras sean de alguien que no pertenece a nada, a una vida sin significado, una sombra que se siente como “una partícula de polvo… aplastado por la insignificancia de su “individualidad”. Incapacidad de relacionarse con sistema que proporcione significado alguno y genere más dudas e incapacidad para obrar, y finalmente, tal vez, incapacidad de vivir…
No. Yo sigo creyendo que la historia modifica al hombre, pero también el hombre crea la historia. Tiendo a la anarquía porque considero que los sistemas son incapaces de seguir siendo sostenibles, a menos que no se cambien los pilares de esta sociedad, cualquier cambio, cualquier actitud de lucha, es inútil. Y no digo que no valga la pena. Simplemente es tiempo de ver en medio de la oscuridad, de amar cuando todo nos indica destrucción. De ayudar en silencio y vivir en medio de tanta contención. Creo que las respuestas aún no han llegado, y el camino aún sigue confuso, pero sí existe la luz del camino incorrecto. Es tiempo de prepararse, no es tiempo de lucha.
Estimada Camila, no sé porque le escribo esto, tal vez no sea de su interés. Es, digamos, un “juego intelectual”. Espero no ofenderla en nada Camila, tal vez todo esto sea muy contradictorio, y es que mi pensamiento es así, lo reconozco, pero como se justifica Bertrand Russell “un sistema contradictorio puede muy bien contener menos falsedad que un coherente”, es decir, mi contradicción es más sincera que cualquier otra posición lógica.
Bueno, me despido y vuelvo a pedirle disculpas por mi falta de cortesía. Cuídese mucho Camila Guevara.
Marcos.
P.D. “Sabía que no significábamos nada poco en comparación con el universo, sabía que no éramos nada; pero el hecho de ser nada de una manera tan inconmensurable me parece en cierto sentido, abrumador y a la vez alentador. Aquellos números, aquellas dimensiones más allá del alcance del pensamiento humano nos subyagan por completo. ¿Existe algo, sea lo que fuere, a que podamos aferrarnos? En medio de este caos de ilusiones en el que estamos sumergidos de cabeza, hay una sola cosa que se erige verdadera; el amor. Todo el resto es nada, un vacío hueco. Nos asomamos al inmenso abismo negro. Y tenemos miedo”. Julián Green.
... vaya sentimiento neurótico, y lo peor aún es que el hombre común no tiene conciencia de ello”.
Camila le contestó al día siguiente. Escribió de puño y letra en una hoja de cuaderno, con la intención de transcribir lo allí escrito, ni bien tuviera oportunidad de sentarse frente a una PC. Pero jamás lo hizo, tuvo miedo. Fue presa del sentimiento neurótico. Su carta decía lo siguiente:
Querido compañero Marcos:
He tenido la grata sorpresa al revisar mi correo, de encontrarme con tus líneas. Debo decirte que en ningún momento me he sentido ofendida. La conversación que mantuvimos me resultó interesante y gratificante.
En general estoy de acuerdo con tu visión de la realidad. Considero, como vos, que vivimos en la era del pragmatismo, que en la mayoría de los casos nos hemos convertido en seres mediocres, con un gran miedo a la libertad. Miedo que nos convierte en alienados, en seres que nos escondemos detrás de máscaras según la conveniencia, asustados de manifestar un mínimo de autenticidad. No escapo a ello, debo reconocer estar inmersa en este sistema, con lo cual en general actúo sistemáticamente. Lucho día a día por liberarme. Durante mi adolescencia sentía que podía cambiar el mundo, hoy sé que individualmente no puedo hacerlo, pero también sé que el mundo no puede cambiarme, a menos que yo así lo quiera.
Entiendo, pero no comparto tu opinión con relación al chat. Considero que es mucho mejor una buena relación cara a cara, piel a piel, sueño a sueño y, que también es cierto que a través de un chat, muchas personas comienzan a vivir en función de una fantasía, que su uso deja tal vez de manifiesto una incapacidad de relacionarse naturalmente y una soledad abrumadora. Pero también deja en evidencia una gran necesidad de comunicarse, de manifestarse, de ser... y creo que a muchísimas personas les abre las puertas para expresarse libremente, sintiéndose, tal vez, protegidas por el anonimato.
Personalmente considero que el chat, es simplemente una nueva forma de relacionarse. El punto está en la actitud que cada uno tome frente a él. El chat carece de muchos ingredientes; como gestos, miradas, caricias, tal vez fundamentales para conocer al otro y darse a conocer, y en todo caso establecer una relación real y auténtica. De todas maneras, aquellas que se establecen personalmente, cara a cara, pueden finalmente resultar ser toda una parodia, carentes de autenticidad. Todo depende de nuestra actitud al relacionarnos con el otro. Sea real o virtual. Probablemente jamás tenga oportunidad de relacionarme con vos de otra manera que esta, no puedo dejar de expresar que me agrada muchísimo que intercambiemos opiniones, pensamientos, sentimientos; lo cual es posible hoy, sólo a través de "un chat".
Con respecto a la lucha, comparto tus dichos que aquellos idealistas, no fueron más que ovejas al matadero. Que la lucha, capitalismo-socialismo, sólo se trata de una cuestión de poder. Creo que en la actualidad existe un gran abuso de poder por parte de algunos. No me gusta esta realidad. No quiero que existan seres humanos que se mueran de hambre, siendo que esta tierra es tan rica, más quien distribuye esa riqueza, otros seres humanos, evidentemente son incapaces o extremadamente egoístas. Personalmente no sufro carencias, mis necesidades básicas, podría decirse, se encuentran cubiertas; pero no logro ser feliz. Me duele la guerra, el hambre, la violencia, la intolerancia, el abuso de poder, la irracionalidad, la explotación del hombre por el hombre. No puedo ser feliz si mi vecino no lo es. Y mi vecino sos vos, el niño africano, el abuelo chino, el tío europeo, el hermano indio. Todos tenemos derecho a la vida, y no quisiera esconderme detrás de la indiferencia.
Entiendo que el valor fundamental de un ser humano es el amor. Pero no sólo esa clase de amor como lo es aquel hacia los padres, hacia los hijos, hacia el amigo o compañero. Me refiero al amor hacia la humanidad toda. Y tengo la impresión que esa clase de amor transita hacia la extinción, por lo tanto hay que comenzar con urgencia a sembrar.
Marcos, me ha encantado tu actitud. Te agradezco infinitamente que te hayas comunicado conmigo, y deseo que continuemos haciéndolo. De todas maneras, eso no depende sólo de mi deseo, sino también del tuyo; y sea cual fuere, quiero decirte que soy consciente que una relación crece siempre que haya por lo menos dos que así lo quieran.
Camila.
P.D. Las ideas son tan sólo eso, ideas; pero siempre determinan una acción.
Retornó al presente. Habían pasado ya seis años desde su primera incursión por la red, de aquella niña colombiana, de Marcos... Sintió disgusto hacia ella misma por no haberle respondido nunca. ¿Por qué no lo hizo? Se sentía tan arrepentida. Se había dejado llevar por la estupidez humana. Era una mediocre. Puro bla bla y poca acción. Tenía la semilla, y no la sembró. ¡Qué idiota!
¿Cuántas semillas dejó de sembrar? Muchísimas. Demasiadas. ¡Basta! Basta de esperar terreno fértil. ¿Acaso tenía la capacidad de reconocerlo? Sabía que no.
Dejó la PC, y comenzó a revolver papeles. Debía encontrar esa carta, ya. Mezclada en una montaña de escritos, apareció. Las hojas de cuaderno estaban intactas, ni siquiera amarillas. Se sentó frente al teclado, abrió su casilla electrónica y cliqueó sobre “Correo Nuevo”. Luego completó, Para:
marcos@yahoo.com Asunto: Nunca es tarde para comenzar. Tipió por completo el texto, y en un clic, lo envió. Cerró su casilla, y abrigó un sueño... una esperanza... Tal vez, aún podía ser…

lunes, noviembre 14, 2005

De libertad...

A los pies de un magnifico sauce, un hombre permanecía sentado e inmóvil. Su mirada, perdida en el horizonte, parecía intentar ver más allá. Un niño, lo observaba atento; tratando de percibir, algún mínimo movimiento en él. Pero el hombre no se movía. Empujado por la curiosidad natural de los niños, y con alguna cuota de temor, fue acercándose poco a poco. A medida que se iba acortando la distancia entre ellos, la curiosidad y el temor aumentaban proporcionalmente. Tal vez estuviera muerto. Sin embargo, al llegar a su lado, el hombre dejó de mirar la lejanía y le sonrió.

- Buenas tardes niño.

- Buenas tardes señor, no quise molestarlo.

- No lo haces, los niños jamás molestan.

Alentado por su tono amable, se animó a preguntar.

- ¿Y qué haces aquí sentado?

- Sólo disfruto de mi libertad, niño.

¿Esa era su libertad? ¿Estar sentado inmóvil debajo de un sauce? ¿Cómo podía ser posible?

- ¿Y así te sientes libre?

- Pues claro. Estoy haciendo lo que quiero.

Por supuesto, él era adulto. Podía hacer lo que quisiera.

- Yo no me siento libre, no puedo hacer lo que quiero.

- ¿Estás seguro?

¿Por qué le preguntaría si estaba seguro? ¿Acaso ese hombre jamás fue niño? ¿No sabe del “no se hace”, del “no se dice”? ¿No sabe del “no”? Y entonces preguntó:

- ¿Qué es la libertad?

- La libertad es hacer lo que uno quiere y querer lo que se hace. ¿Por qué dices que no te sientes libre?

- Y... mis padres no me dejan hacer todo lo que quiero. Por ejemplo, si yo les hubiera pedido permiso para acercarme a usted, ellos no me lo hubieran permitido.

- ¿Y tú qué hiciste?

El niño se quedó pensando un momento, y abriendo los ojos con una mezcla de asombro y alegría, contestó:

- ¡Hice lo que quise!

- Bien. Ahora sabes que puedes hacer lo que quieras. No existe nada que pueda impedírtelo, más que tu mismo, mientras tengas posibilidad de elegir. Pero falta algo más. ¿Estás contento con lo que hiciste?

Iba a contestar que sí, pero... seguramente sus padres estarían preocupados al ignorar donde estaba él, y tendría una reprimenda, tal vez hasta un castigo. No. No se sentía contento.

- No sé... no del todo. Vine sin avisar, y ahora mis padres me regañarán, y tal vez mañana no pueda salir a jugar.

- No temas, explícales y ellos comprenderán. Los padres no son carceleros de los hijos, sólo intentan enseñarles a volar, para que finalmente ellos vuelen por sí solos. Pero siempre ten presente que puedes hacer lo que quieras, más cada acto que realices tendrá una consecuencia, y a esa consecuencia deberás quererla también. Sólo así, te sentirás verdaderamente libre.

El niño se despidió del hombre, y corrió a reencontrarse con sus padres. Aprendería a volar...