martes, noviembre 15, 2005

De Novela... (Capítulo I)

Los acordes de la Marcha Triunfal de Aída inundaban el cuarto presidencial. Fanático de la música clásica, el primer mandatario colombiano, acompañaba con enérgicos movimientos de sus brazos el compás de la melodía. Totalmente inmerso en el placer que la música le proporcionaba, no percibió el sonido del picaporte al abrirse la puerta de su suite.
Un hombre elegantemente vestido se introdujo sigilosamente dentro de la habitación. Con movimientos precisos se acercó convenientemente, y apuntó con un arma al mandatario.
- Álvaro. Lo siento.
El mandatario apenas alcanzó a girar su cuerpo, y un disparo certero perforó su tórax. Se desplomó de inmediato. Cayendo de espaldas sobre la refinada alfombra azul, de su pecho comenzó a brotar, como un manantial, la roja savia. El hombre se inclinó sobre el cuerpo inerte, y teniendo la absoluta certeza que ya el pobre infeliz no pertenecía al mundo de los vivos, guardó su arma y se retiró tan silenciosamente como había llegado.
El sol en el horizonte, anunciaba otro caluroso día para los habitantes de la ciudad de Bogotá. En la residencia presidencial, todo parecía desarrollarse con habitual normalidad. Excepto que, el presidente, aún no había ordenado el desayuno. El reloj de la cocina marcaba ya las 8:30 horas.
- Qué extraño, Encarnación. Verdi – así lo llamaban irónicamente en la jerga doméstica por su afición a la ópera- aún no reclamó el desayuno.
- No te preocupes, Manuel. Seguramente se quedó hasta muy tarde escuchando esa música aburridísima que tanto le gusta, y aún no despertó.
- No sé, lo hace habitualmente y jamás dejó de solicitar el servicio antes de las 7:30. Voy a llamar al Sr. Enrique para que averigüe que sucede.
Enrique Álvarez Novoa era el hombre de confianza del Presidente. Alertado por Encarnación, se dirigió hasta la suite, y golpeó la gran puerta de roble tallada.
- ¡Álvaro! ¿Estás ahí? Tenemos una entrevista con el embajador de EEUU en 15 minutos.
Silencio total. Con decisión giró la perilla de bronce. Al abrirse la puerta, no podía creer la espantosa escena que se desplegada ante sus ojos. El mandatario yacía en medio de un charco de sangre, totalmente inmóvil. Sin dudarlo, oprimió el botón de la alarma; y al cabo de pocos segundos, el cuarto se vio invadido por una veintena de hombres pertenecientes al servicio de inteligencia y seguridad de estado.
En un bar ubicado en pleno centro de la capital colombiana, un hombre miraba las imágenes que transmitía la TV oficial, mientras bebía una taza de café bien negro. La programación habitual fue interrumpida para dar la dramática noticia del asesinato del Presidente. Los presentes en el local, quedaron mudos ante la sorpresiva noticia. Luego dieron paso a las lógicas expresiones de indignación y repudio. En medio del tumulto generado por las circunstancias, el hombre dejó su café por la mitad, y se dirigió hasta el teléfono público ubicado al fondo del bar.
- El objetivo fue cumplido. Dentro de media hora voy por el nuevo documento, el pasaporte y el resto de la paga.
- Bien hecho. Tenemos otro trabajo.
- ¿Dónde?
- Argentina.

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