Le decian Nacar... Era una mujer extraña, misteriosa e indudablemente hermosa. Cuando caminaba por las calles del pueblo, hasta los perros se daban vuelta a mirarla.Todas las mañanas salía de su rancho, haciendo el mismo recorrido. Casi como un ritual. No hablaba con nadie. Las malas lenguas decían que estaba poseída, que era amante de Satanás.
Ningún habitante del pueblo sabía exactamente que edad tenía. Algunos aseguraban que más de ochenta, sin embargo su piel era fresca y lozana, como la de una niña de quince. Otros, en virtud de su apariencia, afirmaban que tenía menos de veinte. En realidad era todo un misterio.
Una noche, mientras la luna brillaba a más no poder, una sombra se erigió en la ventana del rancho de Nacar. Su contorno sugería la figura de un hombre de gran porte. Ella en el interior, se preparaba para un baño, resfrescante y reparador, despues del sudor acumulado durante el transcurso de una jornada, insoportablemente, calurosa. Su piel brillaba bajo el reflejo de la luna y emanaba un aroma embriagador. Lentamente se introdujo en la tina. Ya sentada dentro de ella, comenzó a enjabonar su cuerpo. La figura en la ventana, permanecía ínmovil.
El ladrido de un perro, hizo que la mujer se sobresaltara y mirara hacia esa dirección. Allí estaba él, con su apariencia atroz, lleno de pelos y chorreando baba por la boca. Sus manos, que no eran manos sino garras, se apoyaban en el marco de la ventana abierta. Al verse descubierto, huyó de inmediato. Cualquier persona hubiera gritado aterrorizada. Ella no lo hizo. Continuó, inmutable, con lo que estaba haciendo.
Tal vez allí radicaba el misterio de su permanente juventud. Decían los ancianos del pueblo que para ella el tiempo no existía, no tenía pasado ni futuro, desconocía lo que era el ayer y el mañana. Vivía solo el hoy, sin historia ni proyecto, por eso no envejecía. Su premio o su condena era que, Nacar, carecía de memoria. ¿Será que el tiempo en realidad no existe? ¿Será que envejecemos por culpa de nuestra memoria?
Tal vez allí radicaba el misterio de su permanente juventud. Decían los ancianos del pueblo que para ella el tiempo no existía, no tenía pasado ni futuro, desconocía lo que era el ayer y el mañana. Vivía solo el hoy, sin historia ni proyecto, por eso no envejecía. Su premio o su condena era que, Nacar, carecía de memoria. ¿Será que el tiempo en realidad no existe? ¿Será que envejecemos por culpa de nuestra memoria?

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