jueves, noviembre 17, 2005

De Novela... (Capítulo III)

Los colores del atardecer ya se habían adueñado del cielo. Victoria permanecía de pie frente a la ventana de su cuarto. La conversación con Martina le había hecho recordar su romance con Luiggi. Extrañaba a ese tano loco y apasionado. Habían transcurrido ya seis meses de su partida, y no había vuelto a estar con un hombre. Rememorar las experiencias vividas con él provocó que una fuerte excitación se apoderara de su cuerpo y sintiera el deseo de masturbarse. Sin dudarlo desprendió su jean e introdujo su mano sintiendo de inmediato la humedad de su sexo. Apenas rozó su clítoris, y éste explotó de forma instantánea brindándole el placer de un solitario orgasmo. Aún mantenía su mano en la entrepierna, cuando alguien llamó a la puerta de su dormitorio.
- ¿Si? – preguntó, mientras abrochaba su pantalón y acomodaba su ropa.
- ¿Señora Victoria? La necesitan en recepción.
- Ok. Juancho. Bajo en un minuto.
Se dirigió hasta el baño, lavó sus manos y refrescó su cara. Miró su imagen reflejada en el espejo. Tomó el peine, y peinó las ondas de su larga y oscura cabellera. Salió del cuarto. Bajó por las escaleras de rústica madera hasta el hall de entrada. En el mostrador de recepción, un hombre de estatura mediana vestido con vaqueros y una gruesa campera marrón, la esperaba. Cuando estuvo frente a él, pudo apreciar que era sumamente apuesto, de piel muy blanca. Algunas arrugas en su rostro y su cabello entrecano delataban que debía estar cerca de los cincuenta años. Sus ojos parecían un par de zafiros, azules y brillantes. Él la miró, e inmediatamente una amable sonrisa se dibujó en su rostro a modo de saludo.
- Buenas tardes, ¿en qué puedo servirle?
El hombre no articuló palabra, sólo seguía sonriendo, mientras con su mano le extendía una especie de tarjeta. Victoria la tomó, y leyó lo que en ella estaba escrito. “Soy sordomudo. Mi nombre es Martín Tomas Fernández, y estoy buscando trabajo. Como paga solo pretendo alojamiento y comida. Gracias.” Él la miraba con la ansiedad de alguna respuesta, y ella no sabía muy bien que responderle. No necesitaba más personal, sin embargo tampoco la hacía sentir bien el hecho de rechazarlo. Debía intentar preguntarle a que se dedicaba, pero ¿cómo hacerlo? Desconocía el lenguaje de señas. Como adivinando su pensamiento, el hombre tomó una lapicera y en un papel escribió: “Puedo leer los labios”. Para ella fue un alivio. A partir de allí mantuvieron una conversación a través de gestos y minutas, tediosa, pero no por ello infructuosa. Victoria pudo enterarse que su especialidad era la cría y cuidado de caballos. Que hace una semana había llegado al país proveniente de Uruguay; después de ser despedido sin aviso previo ni indemnización. Que se había aventurado a venir al sur en virtud del impulso turístico que se le estaba dando a la zona, con la esperanza de conseguir algún trabajo. Finalmente convinieron que al día siguiente ella le daría una respuesta. Esa noche lo alojaría sin compromiso alguno. Tomó la llave de la habitación nº 12, y con gesto amable lo invitó a que la siguiera. Mientras subían la escalera, Martín que iba detrás, la miraba atentamente. Era una mujer interesante y muy sensual. Esperaba que lo aceptara como empleado. La posada era el lugar perfecto para establecerse, y además ella era hermosa. Llegaron a la puerta de la habitación. Victoria introdujo la llave en la cerradura y abrió. Haciéndose a un lado, dejó que el hombre ingresara al cuarto. El lugar era sencillo y cálido. El mobiliario constaba de una cama matrimonial, dos mesitas de luz, una mesa que cumplía la función de escritorio, una silla y un pequeño ropero; todo realizado con madera de la zona que le daba un agradable toque rústico. Dejó los bolsos sobre la mesa, y volvió a saludar a Victoria. No pudo evitar acariciar una de sus mejillas, y mirarla con infinita ternura, expresando su agradecimiento por tanta hospitalidad. Al percibir la calidez de su mano, ella se estremeció. Con una sonrisa y un gesto a modo de saludo, se marchó dejándolo solo.

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