A los pies de un magnifico sauce, un hombre permanecía sentado e inmóvil. Su mirada, perdida en el horizonte, parecía intentar ver más allá. Un niño, lo observaba atento; tratando de percibir, algún mínimo movimiento en él. Pero el hombre no se movía. Empujado por la curiosidad natural de los niños, y con alguna cuota de temor, fue acercándose poco a poco. A medida que se iba acortando la distancia entre ellos, la curiosidad y el temor aumentaban proporcionalmente. Tal vez estuviera muerto. Sin embargo, al llegar a su lado, el hombre dejó de mirar la lejanía y le sonrió.
- Buenas tardes niño.
- Buenas tardes señor, no quise molestarlo.
- No lo haces, los niños jamás molestan.
Alentado por su tono amable, se animó a preguntar.
- ¿Y qué haces aquí sentado?
- Sólo disfruto de mi libertad, niño.
¿Esa era su libertad? ¿Estar sentado inmóvil debajo de un sauce? ¿Cómo podía ser posible?
- ¿Y así te sientes libre?
- Pues claro. Estoy haciendo lo que quiero.
Por supuesto, él era adulto. Podía hacer lo que quisiera.
- Yo no me siento libre, no puedo hacer lo que quiero.
- ¿Estás seguro?
¿Por qué le preguntaría si estaba seguro? ¿Acaso ese hombre jamás fue niño? ¿No sabe del “no se hace”, del “no se dice”? ¿No sabe del “no”? Y entonces preguntó:
- ¿Qué es la libertad?
- La libertad es hacer lo que uno quiere y querer lo que se hace. ¿Por qué dices que no te sientes libre?
- Y... mis padres no me dejan hacer todo lo que quiero. Por ejemplo, si yo les hubiera pedido permiso para acercarme a usted, ellos no me lo hubieran permitido.
- ¿Y tú qué hiciste?
El niño se quedó pensando un momento, y abriendo los ojos con una mezcla de asombro y alegría, contestó:
- ¡Hice lo que quise!
- Bien. Ahora sabes que puedes hacer lo que quieras. No existe nada que pueda impedírtelo, más que tu mismo, mientras tengas posibilidad de elegir. Pero falta algo más. ¿Estás contento con lo que hiciste?
Iba a contestar que sí, pero... seguramente sus padres estarían preocupados al ignorar donde estaba él, y tendría una reprimenda, tal vez hasta un castigo. No. No se sentía contento.
- No sé... no del todo. Vine sin avisar, y ahora mis padres me regañarán, y tal vez mañana no pueda salir a jugar.
- No temas, explícales y ellos comprenderán. Los padres no son carceleros de los hijos, sólo intentan enseñarles a volar, para que finalmente ellos vuelen por sí solos. Pero siempre ten presente que puedes hacer lo que quieras, más cada acto que realices tendrá una consecuencia, y a esa consecuencia deberás quererla también. Sólo así, te sentirás verdaderamente libre.
El niño se despidió del hombre, y corrió a reencontrarse con sus padres. Aprendería a volar...
- Buenas tardes niño.
- Buenas tardes señor, no quise molestarlo.
- No lo haces, los niños jamás molestan.
Alentado por su tono amable, se animó a preguntar.
- ¿Y qué haces aquí sentado?
- Sólo disfruto de mi libertad, niño.
¿Esa era su libertad? ¿Estar sentado inmóvil debajo de un sauce? ¿Cómo podía ser posible?
- ¿Y así te sientes libre?
- Pues claro. Estoy haciendo lo que quiero.
Por supuesto, él era adulto. Podía hacer lo que quisiera.
- Yo no me siento libre, no puedo hacer lo que quiero.
- ¿Estás seguro?
¿Por qué le preguntaría si estaba seguro? ¿Acaso ese hombre jamás fue niño? ¿No sabe del “no se hace”, del “no se dice”? ¿No sabe del “no”? Y entonces preguntó:
- ¿Qué es la libertad?
- La libertad es hacer lo que uno quiere y querer lo que se hace. ¿Por qué dices que no te sientes libre?
- Y... mis padres no me dejan hacer todo lo que quiero. Por ejemplo, si yo les hubiera pedido permiso para acercarme a usted, ellos no me lo hubieran permitido.
- ¿Y tú qué hiciste?
El niño se quedó pensando un momento, y abriendo los ojos con una mezcla de asombro y alegría, contestó:
- ¡Hice lo que quise!
- Bien. Ahora sabes que puedes hacer lo que quieras. No existe nada que pueda impedírtelo, más que tu mismo, mientras tengas posibilidad de elegir. Pero falta algo más. ¿Estás contento con lo que hiciste?
Iba a contestar que sí, pero... seguramente sus padres estarían preocupados al ignorar donde estaba él, y tendría una reprimenda, tal vez hasta un castigo. No. No se sentía contento.
- No sé... no del todo. Vine sin avisar, y ahora mis padres me regañarán, y tal vez mañana no pueda salir a jugar.
- No temas, explícales y ellos comprenderán. Los padres no son carceleros de los hijos, sólo intentan enseñarles a volar, para que finalmente ellos vuelen por sí solos. Pero siempre ten presente que puedes hacer lo que quieras, más cada acto que realices tendrá una consecuencia, y a esa consecuencia deberás quererla también. Sólo así, te sentirás verdaderamente libre.
El niño se despidió del hombre, y corrió a reencontrarse con sus padres. Aprendería a volar...

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