En la soledad de la habitación, Martín, extrajo un teléfono celular de uno de sus bolsos para comunicarse con su contacto en Buenos Aires.
La idea de hacerse pasar por sordomudo había resultado todo un éxito, de esa manera evitaba que fuera identificado su característico acento extranjero y podía moverse con tranquilidad, sin levantar la más mínima sospecha.
- Hola. Soy yo. Me encuentro en el lugar establecido. Espero instrucciones.
- Se complicaron las cosas. El presidente postergó la visita a Bella Vista para recién entrada la primavera, con lo cual deberá mantenerse allí hasta esa fecha. Tómelo como unas merecidas vacaciones.
- Eso aumenta el precio en un 30%. ¿Están dispuestos a pagarlo?
- Por supuesto. Sus servicios son impecables, pagaremos lo que pida.
Sin agregar nada más, cortó la comunicación. Esa postergación haría más dificultosa la tarea, sin embargo no le desagradaba el tener que quedarse en ese lugar más de lo previsto. Hace tiempo que no disfrutaba del contacto con la naturaleza, ni había tenido oportunidad de volver a desarrollar su antiguo hobby. En eso no había mentido. En alguna época la crianza y cuidado de caballos, había sido su principal ocupación.
Un dejo de tristeza invadió su alma al recordar a Marianela, su adorada niñita.
Atanás Argiropolus era de origen griego. Siendo aún muy joven había emigrado a territorio español, donde en poco tiempo se convirtió en uno de los más ricos hacendados del país. Propietario de los mejores viñedos, forjó su fortuna con la producción y venta del más exquisito y refinado vino español. Apenas había cumplido sus 25 años cuando se casó con una hermosa y dulce valenciana, hija de un importante político, funcionario del gobierno. Fueron bendecidos con el nacimiento de dos hijos varones en su segundo año de matrimonio, Joaquín y Manuel, gemelos idénticos. Diez años más tarde, llegaría Marianela.
Dedicado ya a la cría de caballos, disfrutaba viendo a su hija de solo 5 años, montar como una amazona. Ella era la única que había heredado de él la pasión por los equinos. Pasaban juntos muchas horas compartiendo el placer que a ambos les generaba esa tarea. Marianela era la encargada de ponerle nombre a cada nuevo potrillo. Su favorito era una yegua azabache, a la cual había bautizado “Princesa”.
Una calurosa tarde de verano, ocurrió la tragedia. Tragedia que marcaría a Atanás, por el resto de su vida.
Mientras se disponían a compartir en familia el refresco habitual, un grupo comando asaltó la finca disparando sin piedad sobre el grupo que se encontraba presente en el hall de verano. Sucedió todo en segundos. Joaquín cayó muerto sobre la mesa por el impacto de un proyectil que le destrozó el cráneo. Manuel intentó correr, y fue alcanzado por un disparo en la nuca. La madre de los jóvenes recibió una ráfaga que dejó irreconocible su bellísima figura. Los sirvientes fueron aniquilados uno a uno, regando con sus cuerpos ensangrentados cada rincón de la casa.
Atanás y Marianela se encontraban aún en el establo cuando escucharon el estruendo. Corrió desesperado hacia la propiedad; mientras Marianela presa del pánico, se quedó inmóvil abrazada a la pata de su yegua.
Al llegar al lugar, la escena que se desplegó ante sus ojos, era espantosa. El hall de verano parecía haber sido decorado por la morbosa mente de un asesino con tendencias artísticas. Desesperado buscó entre los cuerpos mutilados, a su adorada Encarnación. Antes de poder encontrarlo se topó con los cuerpos sin vida de Joaquín y Manuel. Un grito desesperado surgió impulsivamente de su garganta. Fuera de sí intentó en vano reanimarlos, mientras las lágrimas se agolpaban en sus ojos, ansiosas por fluir como un río. Con el rostro desencajado, pudo ver tendida a unos pocos metros, lo que parecía ser la figura de su esposa, inerte sobre una laguna de sangre. Haciendo frente al pánico que le provocaba enfrentarse a la inminente realidad, se dirigió hasta ahí. Era ella. Con una fuerte expiración, se dejó caer de rodillas y abrazó el frágil y casi irreconocible cuerpo de su dulce compañera. La apretó fuertemente contra su pecho, y rompió en un llanto incontenible y salvaje. El tiempo pareció detenerse. Cuando logró recuperar la cordura, el sol casi desaparecía en el horizonte y un silencio sepulcral cubría la finca.
- ¡Marianela! – se incorporó de un salto, y a toda la velocidad, corrió hasta el establo.
Mientras su padre, había salido desesperado hacía la casa; la niña aún abrazada a su yegua, temblaba como una hoja. De pronto, en un movimiento brusco e instintivo, el animal asustado se alzó sobre sus patas traseras. La pequeña, cayó tendida frente a él; para recibir luego un fuerte golpe de sus patas delanteras.
- ¡Marianela! ¡Marianela! – desesperado gritaba el nombre de su niña sin obtener respuesta.Entró al establo como una saeta. Frente al cobertizo pudo ver el pequeñísimo cuerpo de Marianela. Estaba inmóvil tendido sobre la paja seca que cubría el suelo. Sólo un segundo le llevó estar a su lado. Un hilo de sangre corría por la comisura de sus labios. Imaginó lo peor. Sin embargo, al arrodillarse junto a ella, percibió su débil respiración. Sin dudarlo tomó a su hija en brazos, y acomodándola sobre su hombro izquierdo, montó sobre Princesa para emprender una enloquecida carrera hasta el pueblo más cercano.
La idea de hacerse pasar por sordomudo había resultado todo un éxito, de esa manera evitaba que fuera identificado su característico acento extranjero y podía moverse con tranquilidad, sin levantar la más mínima sospecha.
- Hola. Soy yo. Me encuentro en el lugar establecido. Espero instrucciones.
- Se complicaron las cosas. El presidente postergó la visita a Bella Vista para recién entrada la primavera, con lo cual deberá mantenerse allí hasta esa fecha. Tómelo como unas merecidas vacaciones.
- Eso aumenta el precio en un 30%. ¿Están dispuestos a pagarlo?
- Por supuesto. Sus servicios son impecables, pagaremos lo que pida.
Sin agregar nada más, cortó la comunicación. Esa postergación haría más dificultosa la tarea, sin embargo no le desagradaba el tener que quedarse en ese lugar más de lo previsto. Hace tiempo que no disfrutaba del contacto con la naturaleza, ni había tenido oportunidad de volver a desarrollar su antiguo hobby. En eso no había mentido. En alguna época la crianza y cuidado de caballos, había sido su principal ocupación.
Un dejo de tristeza invadió su alma al recordar a Marianela, su adorada niñita.
Atanás Argiropolus era de origen griego. Siendo aún muy joven había emigrado a territorio español, donde en poco tiempo se convirtió en uno de los más ricos hacendados del país. Propietario de los mejores viñedos, forjó su fortuna con la producción y venta del más exquisito y refinado vino español. Apenas había cumplido sus 25 años cuando se casó con una hermosa y dulce valenciana, hija de un importante político, funcionario del gobierno. Fueron bendecidos con el nacimiento de dos hijos varones en su segundo año de matrimonio, Joaquín y Manuel, gemelos idénticos. Diez años más tarde, llegaría Marianela.
Dedicado ya a la cría de caballos, disfrutaba viendo a su hija de solo 5 años, montar como una amazona. Ella era la única que había heredado de él la pasión por los equinos. Pasaban juntos muchas horas compartiendo el placer que a ambos les generaba esa tarea. Marianela era la encargada de ponerle nombre a cada nuevo potrillo. Su favorito era una yegua azabache, a la cual había bautizado “Princesa”.
Una calurosa tarde de verano, ocurrió la tragedia. Tragedia que marcaría a Atanás, por el resto de su vida.
Mientras se disponían a compartir en familia el refresco habitual, un grupo comando asaltó la finca disparando sin piedad sobre el grupo que se encontraba presente en el hall de verano. Sucedió todo en segundos. Joaquín cayó muerto sobre la mesa por el impacto de un proyectil que le destrozó el cráneo. Manuel intentó correr, y fue alcanzado por un disparo en la nuca. La madre de los jóvenes recibió una ráfaga que dejó irreconocible su bellísima figura. Los sirvientes fueron aniquilados uno a uno, regando con sus cuerpos ensangrentados cada rincón de la casa.
Atanás y Marianela se encontraban aún en el establo cuando escucharon el estruendo. Corrió desesperado hacia la propiedad; mientras Marianela presa del pánico, se quedó inmóvil abrazada a la pata de su yegua.
Al llegar al lugar, la escena que se desplegó ante sus ojos, era espantosa. El hall de verano parecía haber sido decorado por la morbosa mente de un asesino con tendencias artísticas. Desesperado buscó entre los cuerpos mutilados, a su adorada Encarnación. Antes de poder encontrarlo se topó con los cuerpos sin vida de Joaquín y Manuel. Un grito desesperado surgió impulsivamente de su garganta. Fuera de sí intentó en vano reanimarlos, mientras las lágrimas se agolpaban en sus ojos, ansiosas por fluir como un río. Con el rostro desencajado, pudo ver tendida a unos pocos metros, lo que parecía ser la figura de su esposa, inerte sobre una laguna de sangre. Haciendo frente al pánico que le provocaba enfrentarse a la inminente realidad, se dirigió hasta ahí. Era ella. Con una fuerte expiración, se dejó caer de rodillas y abrazó el frágil y casi irreconocible cuerpo de su dulce compañera. La apretó fuertemente contra su pecho, y rompió en un llanto incontenible y salvaje. El tiempo pareció detenerse. Cuando logró recuperar la cordura, el sol casi desaparecía en el horizonte y un silencio sepulcral cubría la finca.
- ¡Marianela! – se incorporó de un salto, y a toda la velocidad, corrió hasta el establo.
Mientras su padre, había salido desesperado hacía la casa; la niña aún abrazada a su yegua, temblaba como una hoja. De pronto, en un movimiento brusco e instintivo, el animal asustado se alzó sobre sus patas traseras. La pequeña, cayó tendida frente a él; para recibir luego un fuerte golpe de sus patas delanteras.
- ¡Marianela! ¡Marianela! – desesperado gritaba el nombre de su niña sin obtener respuesta.Entró al establo como una saeta. Frente al cobertizo pudo ver el pequeñísimo cuerpo de Marianela. Estaba inmóvil tendido sobre la paja seca que cubría el suelo. Sólo un segundo le llevó estar a su lado. Un hilo de sangre corría por la comisura de sus labios. Imaginó lo peor. Sin embargo, al arrodillarse junto a ella, percibió su débil respiración. Sin dudarlo tomó a su hija en brazos, y acomodándola sobre su hombro izquierdo, montó sobre Princesa para emprender una enloquecida carrera hasta el pueblo más cercano.

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