Los ventanales empañados de la Posada Bella Vista, indicaban el contraste entre la calidez del salón y el frío del exterior. Victoria Lamas, propietaria del complejo emplazado en plena cordillera del sur argentino, observaba el paisaje invernal desde la ventana de su cuarto. Es una mujer solitaria, de más de 40 años, que luego de dos intentos matrimoniales fallidos, y el alejamiento de sus dos únicos hijos; había decidido emprender el desafío de dirigir su propio negocio. Adquirió la posada en un remate llevado a cabo dos años atrás; invirtiendo, para ello, hasta el último centavo de su capital. Restaurar y poner en funcionamiento el complejo no había sido sencillo, sin embargo el empeño y fortaleza de la mujer lograron crear, en poco tiempo, un ambiente atractivo para aquellos turistas que disfrutan del contacto con la naturaleza.
Esa temporada prometía ser exitosa. Aún no había finalizado el mes de junio, y la capacidad de la posada estaba cubierta en un 80%. La mayoría de sus huéspedes eran hombres jóvenes, ansiosos de aventurarse en la fría cordillera, con el objetivo de alcanzar la cima de alguna temeraria montaña. A ella le hubiera gustado tener 20 años menos, y unirse a alguno de los grupos formados por sus audaces pensionistas; sin embargo, a pesar de la imposibilidad de acompañarlos, disfrutaba plenamente al escucharlos relatar sus experiencias al final del día.
Esa tarde recibió la sorpresiva visita de su amiga Martina. Habían transcurrido seis largos años desde la última vez que tuvieron oportunidad de compartir una charla que no fuera a través de un teléfono. Luego de saludarse con un efusivo abrazo, estuvieron más de media hora intentando entablar una conversación ordenada. La necesidad de ambas de contarse en cinco minutos lo que habían vivido durante años, hacía imposible lograr un diálogo coherente. Saltaban de un tema a otro, sin concluir ninguno; de pronto se reían a carcajadas sin saber por qué. Definitivamente parecían estar totalmente dementes, pero sumamente felices de haberse reencontrado.
Martina es una mujer regordeta, de baja estatura, con una simpatía extraordinaria. A diferencia de Victoria, aún se mantenía al lado del hombre con el cual se había casado hace 20 años. Sin embargo, a pesar de sostener una buena relación con su marido, no parecía sentirse plenamente feliz.
- ¿Sos feliz, Vicky? – preguntó tirada en la cama, mientras observaba las irregularidades del cielorraso.
- No sé, supongo que sí. ¿Vos no lo sos?
- Creo que no. Permanentemente siento que algo me falta.
- Pero Martina, tenés un marido divino que te dá todos los gustos. ¿O acaso hay problemas entre ustedes?
- No hay problemas. Seguimos manteniendo la misma relación de siempre. Buen diálogo. Comprensión mutua. Respeto por el espacio de cada uno. El sexo bien... aunque tampoco es la panacea. Así y todo, no me siento plena. Decime Vicky, no te pusiste a pensar, que en realidad todo pasa por eso… Por el sexo...
- ¿Por el sexo? ¿Qué me estas diciendo?
- ¡Sí! Que la felicidad de una mujer junto a un hombre pasa por el buen sexo.
- Vos estás cada vez más loca. El sexo no lo es todo.
- El sexo, no. Pero… ¿el buen sexo? Imagina convivir con un hombre que todas las veces te lleve a gozar de un fantástico orgasmo. Sin ayuda extra. ¿Qué me decís?
- Que estas totalmente loca. Ahora no vas a decirme que con Lucas no disfrutas de orgasmos.
- Si, pero no siempre. Y si los tengo es porque nos conocemos lo suficiente como para tener la confianza necesaria de pedir lo que queremos sin reparos, ni pudores. Sin embargo, no hubo una sola vez en la cual no haya necesitado pedir o darle una ayudita. No es a lo que me refiero.
- La verdad Martina, no sé donde querés llegar. ¿Sentís ganas de tener algún amante extra?
- No. No se trata de eso. Es cierto que yo sólo lo hice con él, nunca hubo otro. Pero en tu caso, que probaste más de uno. ¿Con cual te sentiste realmente feliz?
Victoria quedó un minuto en silencio, mientras trataba de recordar con cual había sido. No demoró mucho en encontrar la respuesta. Luiggi. No cabía duda que ese italiano la había hecho feliz como ninguno. Y si hubiese existido la oportunidad de continuar con esa relación, aún seguiría a su lado.
- Luiggi. Pero fue un affaire, y convengamos que fue fantástico porque no duró lo suficiente como para hundirnos en la rutina, en el acostumbramiento.
- ¿Un affaire? Un año estuvieron conviviendo, hasta que a él no le quedó otra opción que regresar a su país. ¿No te parece tiempo suficiente como para que la rutina hubiese hecho estragos? No seas necia, reconoce que estabas como los dioses porque mantenían buen sexo cada vez que lo hacían, y gozabas de unos orgasmos espectaculares sin necesidad de pedirle nada.
- Evidentemente pasar la barrera de los 40 te afectó el cerebro. Mirá los planteos que se te ocurren. El buen sexo como condicionante de la felicidad de una mujer. ¿Y el amor qué?
Martina miró a su amiga. Le causaba mucha gracia cuando Victoria se empeñaba en no darle la razón, y buscaba argumentos para refutarla. Con una sonrisa, respondió:
- Bueno, podemos agregarlo como condicionante también. El amor y/o el buen sexo. ¿Ok?
Esa temporada prometía ser exitosa. Aún no había finalizado el mes de junio, y la capacidad de la posada estaba cubierta en un 80%. La mayoría de sus huéspedes eran hombres jóvenes, ansiosos de aventurarse en la fría cordillera, con el objetivo de alcanzar la cima de alguna temeraria montaña. A ella le hubiera gustado tener 20 años menos, y unirse a alguno de los grupos formados por sus audaces pensionistas; sin embargo, a pesar de la imposibilidad de acompañarlos, disfrutaba plenamente al escucharlos relatar sus experiencias al final del día.
Esa tarde recibió la sorpresiva visita de su amiga Martina. Habían transcurrido seis largos años desde la última vez que tuvieron oportunidad de compartir una charla que no fuera a través de un teléfono. Luego de saludarse con un efusivo abrazo, estuvieron más de media hora intentando entablar una conversación ordenada. La necesidad de ambas de contarse en cinco minutos lo que habían vivido durante años, hacía imposible lograr un diálogo coherente. Saltaban de un tema a otro, sin concluir ninguno; de pronto se reían a carcajadas sin saber por qué. Definitivamente parecían estar totalmente dementes, pero sumamente felices de haberse reencontrado.
Martina es una mujer regordeta, de baja estatura, con una simpatía extraordinaria. A diferencia de Victoria, aún se mantenía al lado del hombre con el cual se había casado hace 20 años. Sin embargo, a pesar de sostener una buena relación con su marido, no parecía sentirse plenamente feliz.
- ¿Sos feliz, Vicky? – preguntó tirada en la cama, mientras observaba las irregularidades del cielorraso.
- No sé, supongo que sí. ¿Vos no lo sos?
- Creo que no. Permanentemente siento que algo me falta.
- Pero Martina, tenés un marido divino que te dá todos los gustos. ¿O acaso hay problemas entre ustedes?
- No hay problemas. Seguimos manteniendo la misma relación de siempre. Buen diálogo. Comprensión mutua. Respeto por el espacio de cada uno. El sexo bien... aunque tampoco es la panacea. Así y todo, no me siento plena. Decime Vicky, no te pusiste a pensar, que en realidad todo pasa por eso… Por el sexo...
- ¿Por el sexo? ¿Qué me estas diciendo?
- ¡Sí! Que la felicidad de una mujer junto a un hombre pasa por el buen sexo.
- Vos estás cada vez más loca. El sexo no lo es todo.
- El sexo, no. Pero… ¿el buen sexo? Imagina convivir con un hombre que todas las veces te lleve a gozar de un fantástico orgasmo. Sin ayuda extra. ¿Qué me decís?
- Que estas totalmente loca. Ahora no vas a decirme que con Lucas no disfrutas de orgasmos.
- Si, pero no siempre. Y si los tengo es porque nos conocemos lo suficiente como para tener la confianza necesaria de pedir lo que queremos sin reparos, ni pudores. Sin embargo, no hubo una sola vez en la cual no haya necesitado pedir o darle una ayudita. No es a lo que me refiero.
- La verdad Martina, no sé donde querés llegar. ¿Sentís ganas de tener algún amante extra?
- No. No se trata de eso. Es cierto que yo sólo lo hice con él, nunca hubo otro. Pero en tu caso, que probaste más de uno. ¿Con cual te sentiste realmente feliz?
Victoria quedó un minuto en silencio, mientras trataba de recordar con cual había sido. No demoró mucho en encontrar la respuesta. Luiggi. No cabía duda que ese italiano la había hecho feliz como ninguno. Y si hubiese existido la oportunidad de continuar con esa relación, aún seguiría a su lado.
- Luiggi. Pero fue un affaire, y convengamos que fue fantástico porque no duró lo suficiente como para hundirnos en la rutina, en el acostumbramiento.
- ¿Un affaire? Un año estuvieron conviviendo, hasta que a él no le quedó otra opción que regresar a su país. ¿No te parece tiempo suficiente como para que la rutina hubiese hecho estragos? No seas necia, reconoce que estabas como los dioses porque mantenían buen sexo cada vez que lo hacían, y gozabas de unos orgasmos espectaculares sin necesidad de pedirle nada.
- Evidentemente pasar la barrera de los 40 te afectó el cerebro. Mirá los planteos que se te ocurren. El buen sexo como condicionante de la felicidad de una mujer. ¿Y el amor qué?
Martina miró a su amiga. Le causaba mucha gracia cuando Victoria se empeñaba en no darle la razón, y buscaba argumentos para refutarla. Con una sonrisa, respondió:
- Bueno, podemos agregarlo como condicionante también. El amor y/o el buen sexo. ¿Ok?
Ambas rompieron en una fuerte carcajada.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario